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“Après moi, le déluge”, por Juan de Dios Tallo

Publicado por el 17 November 2017 Sin Comentarios

Après moi, le déluge.

Modesta aproximación al “Noye’s Fludde” de Benjamin Britten.

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Esta famosa frase atribuida a Luis XV hace referencia a una ambigua eventualidad. Un diluvio es algo que, en todas las tradiciones, significa una catástrofe tal que implica el fin absoluto de algo y, una vez retiradas y remansadas las aguas, el comienzo de algo nuevo. ¿Temió el rey Luis la llegada de la revolución que hizo rodar la cabeza de su heredero? ¿Quiso expresar que aun viendo negros nubarrones en el horizonte le traía al pairo el futuro de su hijo y de Francia? Es interesante el uso del término “diluvio” como referencia bíblica. En realidad, es muy probable que la frase en origen dijera “después de nosotros” y habría sido dicha no por el rey sino por su amante Madame de Pompadour quizá para consolar a Luis tras una importante derrota militar frente a los prusianos en 1757.

Desde un punto de vista histórico y antropológico, es extraordinariamente interesante que tantas culturas en tierras tan distantes entre sí compartan un mismo mito sobre el fin del mundo conocido. En el caso que nos ocupa, una narración que plantea una destrucción total mediante una gran inundación donde todo queda anegado y donde, después, un puñado de elegidos han de repoblar la tierra y empezar la historia de la humanidad de nuevo.

Según el Antiguo testamento, ocho personas, Noé, sus hijos Sem, Cam y Jafet y las cuatro esposas, son las elegidas. Dios muestra su enfado con la deriva pecaminosa de su criatura humana y decide destruirlo junto con su mundo para empezar de nuevo con este octeto de personas buenas y justas.

Noé es un personaje importante de la Biblia y del Corán. Tiene su correlato en el mito mesopotámico de Utnapishtim, episodio de la epopeya de Gilgamés, y en el griego de Deucalión, en el chino de Gun-Yu y en el de Nahui-Atl de las culturas americanas precolombinas. Normalmente es un esquema muy similar, por ejemplo: en la mitología hindú, Shatapatha Brahmana fue advertido por un pez del diluvio e inundación que pronto destruiría el mundo, por lo que construyó un arca. Encontramos más o menos los mismos elementos: los elegidos, la destrucción por inundación, el arca, las parejas de animales, el alto monte donde el arca queda varada…

Se diría que existe una necesidad humana por imaginar un renacimiento, por acabar de una vez por todas con los males del mundo y volver a empezar de cero con perspectivas más halagüeñas. Renacer tras un pasado negativo, feo o malo. El arca sería como una especie de crisálida de la que surge una nueva versión mejorada de la humanidad. Dios, tras tan terrible decisión, promete no volver a castigar al hombre de esa forma tan tremenda y  radical.

El asunto no languidece, en 2014 se ha proyectado en las pantallas del mundo una nueva película sobre este episodio bíblico protagonizado por Russell Crowe. La Biblia regresa de vez en cuando a Hollywood con su gran potencial dramático y el diluvio da la oportunidad de apabullar al respetable con efectos especiales que la época digital hace posibles. Igualmente, el cine de catástrofes nos da en cada década nuevas versiones de un fin del mundo y un posible renacimiento. “El planeta de los simios” es un ejemplo, aunque distópico.

En literatura la frase de la Pompadour dio lugar a una novela de David Forest (After me the Deluge) y, volviendo la vista al mundo musical, el compositor de jazz Armando Trovaioli compuso un musical titulado “Aggiungi un posto a tavola” que se tradujo al español como “El diluvio que viene”. Fue un éxito en Roma en 1974 y en Madrid en 1977 en el Teatro Monumental. Franz Johann tenía un papel y la voz de Dios era José Guardiola. Sin embargo, ya antes, Fromental Halévy escribió una ópera titulada “Noe” que dejó inacabada y que completó su yerno Georges Bizet. Se estrenó en Karlsruhe en 1885.

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Como vemos, el diluvio universal, aquel de Noé, ha tenido también su modesto papel en la historia de la música. Hablaremos hoy de una pequeña ópera/cantata poco conocida en nuestro país y que, sin embargo, ha de tenerse en cuenta por importantes razones. La obra se llama “Noye’s Fludde” y el autor es Benjamin Britten. En español se suele traducir como “El diluvio de Noé”. La autoría garantiza la calidad y belleza de la obra, pero si hablamos en este modesto escrito sobre ella es por lo especial que es.

Quizá no hay grandes novedades ni es un hito de la historia de la ópera. Es evidente que no es algo como “Tristán e Isolda” o Wozzeck”, no obstante es una joya incomparable que tiene una utilidad educativa de la que carecen las grandes obras que en este mundo musical han sido. Ese es su mérito y su interés.

Este valor reside en que la producción de esta obra exige la participación de músicos y cantantes profesionales y niños con alguna capacitación musical siquiera incipiente. La idea es que niños de colegios que canten en coro o que puedan manejar partituras sencillas de percusión o de flauta de pico se integren en una gran orquesta junto a instrumentistas y cantantes profesionales. No se trata de organizar uno de estos “conciertos participativos”. La obra no es que permita la participación, es que la exige. Es su razón de ser, podríamos decir.

Desde 1947 Britten le daba vueltas a una ópera de tema bíblico y no será hasta diez años después que no ve el proyecto como algo realmente realizable. Por un lado recibe la propuesta de Boris Ford de hacer algo educativo para televisión dado que este personaje era director de la Schools Broadcasting at Associated Rediffusion. Como Britten le daba vueltas por entonces a algo relacionado con los Chester Mystery Plays y más concretamente con un “Mystery” específico sobre el diluvio universal pensó que una cosa con la otra podría dar lugar a una ópera para niños que podría interesar a Boris Ford.

En la Inglaterra medieval se solían representar estos “Misterios” en las plazas de los pueblos, por gente de los gremios, episodios bíblicos en ciertas ocasiones del año. Con la nueva institución de la Iglesia Anglicana en el siglo XVI se perdió esta costumbre y no es sino hasta 1951 que por iniciativa privada se intenta recuperar este tipo de obras y, por fin, el Ciclo de Misterios de Chester se representa anualmente y se convierte en una atracción turística de gran éxito. Sin ir más lejos, el ciclo de Noé y su diluvio que interesa a Britten lo representaban muy oportunamente los aguadores que surtían de agua fresca del río Dee a los lugareños de Chester. En el misterio original se contraponían los caracteres de los personajes. Así, Noé y sus hijos son serios, píos y sumisos a la voluntad divina. Este elemento masculino contrasta con los personajes femeninos que son cotillas y desobedientes. Por aquí la cosa daba para muchos análisis, pero recordad que estamos ante una obra de remoto medioevo.

Britten tiene ya decidido basarse en el texto del Misterio de Chester “Noye’s Fludde” o “Noah’s Flood” para su ópera que se podrá estrenar en el verano de 1958. Sin embargo, la idea viene de atrás. Ya en 1947 pide a su libretista habitual Eric Crozier un libreto sobre asunto bíblico. Como resultado aparece la cantata San Nicolás, donde por primera vez mezcla músicos aficionados y profesionales. Diez años más tarde, Boris Ford y Benjamin Britten ya están con la idea de la obra sobre Noé en la cabeza y están buscando dónde podría estrenarse.

Para la representación de la obra, Britten exige unas condiciones muy precisas: Los papeles de Noé y señora serán para cantantes profesionales experimentados, la voz de Dios será para un actor profesional. Los hijos de Noé serán representados por niños vivarachos, pero con voces educadas  de entre 11 y 15 años. Las chismosas de la señora Noé serán chicas con buenas voces y facilidad para la actuación. Los niños que harán de animales serán de edades muy variadas desde 7 a 18 años. los niños que ya hayan cambiado la voz podrán hacer de animales grandes como camellos, caballos, leones etc. y los pequeños harán de pájaros, ratones etc.

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Para la orquesta se contará con un par de pianos y un quinteto de cuerda profesional incluyendo contrabajo que liderarán los grupos de cuerda formados por estudiantes de violín, viola, chelo y contrabajo de varios niveles de conocimientos. Habrá un instrumentista profesional de flauta de pico que guiará a los niños flautistas y un percusionista que se encargará de los timbales y de ocuparse de una pléyade de niños percusionistas que tocan todo tipo de instrumentos, algunos diseñados para la ocasión como tarugos de lija y unas tacitas para representar las gotas de lluvia . También se dispone de cornetas tocadas por niños pertenecientes a bandas y de niños tañedores de campanillas.

Otra curiosa exigencia es que la obra no debe representarse nunca en un teatro sino en un gran espacio o una iglesia donde se pueda montar un tablado alto. Y así, el estreno tuvo lugar en la iglesia de Orford el 18 de junio de 1958 en el seno del Festival de Aldeburgh y el director fue nada menos que Sir Charles Mackerras.

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El estreno fue un gran éxito y se retransmitió por televisión cuatro días después. Niños de colegios de la zona y músicos profesionales forman un gran grupo de unos 150 músicos.

No es muy conocida la obra en nuestro país, aunque hay gente que ha hecho esfuerzos por utilizarla con fines recreativos y educativos. La obra se estrena en España en el Teatro Real los días 18 y 19 de diciembre de 1982 con la Orquesta Sinfónica y Coro de Radiotelevisión Española bajo la dirección de Odón Alonso. Se unen 135 niños reclutados en conservatorios y escuelas de música privadas y municipales.  Quizá la última representación ha sido recientemente en Palma de Mallorca en julio de 2017, también en un teatro, en este caso el Teatre Principal. En Madrid se ha representado en 2010 con la Joven Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid en los teatros del Canal. Emilio Aragón grabó unos años antes una versión para Deutsche Grammophon dirigiendo a la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Como veis, todo el mundo desoye la instrucción de Britten de no representarla en un teatro.

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Qué extraordinario sería que pudiera montarse con alguna regularidad para fomentar la educación musical que en estos tiempos de novedades en las leyes educativas entra en compases presididos por un calderón sobre un silencio de redonda. Britten, que siempre mostró una preocupación por este asunto nos ofrece esta obra singular y debemos hacer uso de ella. Además, es una obra muy bella. Con unos coros infantiles memorables. El factor coral es muy importante y ofrece a jovencísimos cantantes la oportunidad de participar en algo grande, en una auténtica gran producción. Esto siempre es un paso más allá de una función infantil en el colegio, por muy necesarias y extraordinarias que sean. De igual forma, una cosa es estudiar historia y otra olerla, tocarla, representarla. Está bien estudiar a Luis XV y sus dichos o de sus amantes. Pero hay que completarlo visitando Versalles y la plaza de la Bastilla.

Juan de Dios Tallo


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