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Conversación con Miguel Ángel García Cañamero, por Elena González Correcher

Publicado por el 17 February 2018 Sin Comentarios

EL ATRIL

Conversación con Miguel Ángel García Cañamero

Las páginas que siguen a continuación se corresponden con una larga conversación, no voy a decir lo contrario.  Parecería que todo se hubiera confabulado a favor: el silencio, la tranquilidad alrededor, las ganas de esa conversación, tras varios intentos fallidos, la casi necesidad de poner un poco de equilibrio a un día que no había sido fácil. Miguel Ángel transmite ese equilibrio y esa paz, esa sensación de estar siempre ante una persona auténtica, sin dobleces, tan transparente como esa música de la que nos va a hablar a continuación. Poco amigo de todo lo que sea multitud, eventos sociales, Miguel Ángel García Cañamero es un hombre de distancias cortas y es ahí donde se ve su grandeza, en el tú a tú.

Ahí era donde realmente me apetecía colocar este encuentro tan esperado. Ojalá a través de estas páginas pueda filtrarse esa esencia de lo que es él.

Descubrimiento y camino a la madurez

– Por empezar por un principio: ¿Hay algún tipo de tradición musical en tu familia?

 – Es curioso, porque en mi familia más directa no ha habido tradición musical anterior a mí. Quizás podría decirse que hay una “conexión” muy lejana de la que tomé conciencia mucho más tarde, con un antepasado mío a quien no conocí y que fue músico aficionado. La verdad es que mi más temprana infancia la viví totalmente desconectado de la música: ni mis padres han sido músicos, ni nadie de mi entorno directo ha estado relacionado con ella, y a veces me pregunto de dónde me vino a mi esta vocación.

Como única referencia musical en mi familia, mis padres me contaron que mi bisabuelo paterno fue organista, un caso curioso: un señor que se había dedicado toda la vida a otra cosa pero a quien, ya muy mayor, le entra “el gusanillo” de la música y le llama la atención el órgano; se forma en los rudimentos del solfeo y del teclado con un organista de la contornada y acabó ejerciendo de organista en la iglesia de su pueblo. Así que ese fue el único antepasado musical en mi familia. Eso si, tengo un primo que también es músico: saxofonista.

Mi llegada a la música fue muy sencilla y casi accidental. Antes, como ahora, se estilaba mucho apuntar a los niños a actividades extraescolares. Yo era entonces una especie de “patito feo”, bastante tímido, meditativo… y aunque mis padres probaron a apuntarme a atletismo, a fútbol… ¡no hubo manera! No triunfé en ninguna de aquellas actividades extraescolares que casi siempre estaban orientadas hacia el deporte y que poco, por no decir nada, me interesaban. Fue entonces cuando en el colegio comenzaron a dar clases de música y mis padres debieron pensar “a ver si así…”

Y de repente comenzó todo. Entré en aquellas clases y recuerdo que la música y el piano comenzaron a gustarme y a atraerme mucho. La verdad, empecé tarde, no recuerdo bien, pero debía tener 10/11 años cuando estaba en 5º de EGB, pero en aquel momento jamás pensé que me dedicaría a la música, eso sería mucho más tarde. Fue una llegada circunstancial, sí, pero luego me atrapó.

Estudié en Valencia en un colegio de PP. Escolapios, y había allí un padre, el P. Marcelo García Alas, una persona muy querida de mi familia, muy amigo mío y que entre otras cosas era músico; y fue él quien verdaderamente me inició, poco a poco, al margen de las clases. Siempre le estaré agradecido, porque me enseñó la música de la forma más inocente que puede haber: jugando. Es curioso, pero jugando se aprenden muchas cosas complejas de la forma más natural. Cosas que luego me enseñarían “técnicamente” en el conservatorio, las aprendí de su mano. Él me enseñó, por ejemplo, a acompañar una canción armónicamente mucho antes de haber dado la primera clase de armonía siquiera. Las cosas que aprendes así se te graban de por vida.

Posteriormente, cuando sientes que ese marco se te va quedando un poco estrecho es cuando decides, mis padres deciden, que tal vez era el momento de ingresar en el conservatorio.

– Y allí rompes…

– Bueno, “romper”…, digamos que siempre he sido “buen chico”, buen estudiante. Me gustaba sacar buenas notas, pero no era algo que me quitara el sueño.

– Tu tiempo en el Conservatorio Municipal y Superior de Valencia estuvo marcado por las máximas calificaciones, cinco premios de honor y un premio al mejor expediente académico.

– Creo que esas cosas deben tener la importancia justa, pero nada más. Aun a mis años, cuando me piden el curriculum hasta me da vergüenza mandarlo, es algo totalmente irrelevante para mi: es como un ejercicio de narcisismo absurdo. Nunca juzgo a la gente por su curriculum… ¡el papel es tan sufrido! Creo que el contacto directo con una persona y esos cinco primeros minutos de una conversación, son suficientes para saber de “qué pasta” está hecho un músico. En mi etapa del conservatorio en Valencia trataba de esforzarme, siempre lo he hecho y lo sigo haciendo, pero no lo hice con una finalidad de méritos académicos: estudiaba todo lo que podía y ya está.

– ¿En qué momento y cómo se manifiesta, si lo hace, eso a lo que llamamos “vocación”? ¿Qué habías estudiado antes?

– Fue mucho más tardío. Fíjate, mis estudios en el conservatorio los vivía de un modo paralelo a lo que eran mis estudios normales en el colegio o en el instituto después… Esa losa pesada que ha existido siempre en la educación española de que la música no es una rama per se, sino algo adlátere; y hasta que no estuve en 2º o 3º de BUP no tuve las cosas claras. Yo estudiaba grado profesional de piano en aquel entonces y pensaba que iba a ser pianista. Conocí entonces a un pianista que años más tarde sería mi profesor en el conservatorio municipal, pero en aquel momento empecé a recibir clases particulares suyas todos los fines de semana. De pronto, los fines de semana y aquellas clases de piano se convirtieron en lo más importante para mi… eso y no el instituto. Aquel profesor me ofreció en aquel instante cosas, aspectos, enseñanzas, ideas respecto a la música y al piano que en el conservatorio no veía y me las descubrió como diciendo: “Mira, pasa, asómate: esto es la música de verdad”. Y es entonces cuando siento fuertemente que la música ha poseído mi vida. Era muy joven, unos 17-18 años, muy inexperto y con una visión sesgada de todo, forzosa por la juventud, por mucho que creas que has meditado las cosas… Fíjate: en aquella época pensaba que acabaría estudiando Derecho en la universidad. Me gustaba mucho el piano, sí, pero acabar COU, pasar el examen de selectividad y pensar que no iba a seguir en la universidad, no fue una decisión ni una sensación fácil. Pero no fue fácil porque era un momento en el que estaba a punto de desmarcarme de lo que hacía todo el mundo, lo que digamos que estaba socialmente bien visto… Era un poco como la situación de aquel mal chiste: “¿Tu hijo qué estudia?” “Música”. “Bueno, ya, ¿y aparte de eso?”. El director de mi instituto, por ejemplo, no entendía que un alumno que había sacado un nueve y pico en Selectividad no quisiera ir a la universidad. E imagino que mucha gente también pensaría lo mismo… pero tomé la decisión. Y ganó la música.

– ¿Y tus padres bien?

– Mis padres, pese a que la música no había tenido ningún peso en nuestra familia, jamás se opusieron, sino todo lo contrario: siempre me han ayudado y han tenido una fe ciega en mi. La verdad es que es algo que siempre les he agradecido mucho, su apoyo incondicional que sigue igual que el primer día.

Supongo que cuando decidí dedicarme exclusivamente a la música les inspiraba la suficiente confianza como para que pensaran: “Tú sabrás lo que estás haciendo”; y como la cosa ya “iba en serio”, me compraron mi primer piano de cola, con el que estudié la carrera, piano que conservo en mi estudio de Valencia y que conservaré toda mi vida, por lo que significa para mí.

(c) Miguel Ángel García Cañamero

– ¿Cómo era ese joven de veinticinco años que decide dejar su Valencia natal y marchar a Budapest? ¿Cuándo y por qué tomas la decisión de marcharte?

– ¿Cómo era ese joven? Pues ciertamente inseguro. Un poco como somos todos a esas edades: soñadores y con mucha ilusión. Todo eso junto propició mi marcha. Me voy de Valencia en 1999 porque tengo de repente una sensación muy fuerte de que “hay algo más” que se me está escapando. Hay quien marcha a estudiar al extranjero por títulos, porque cree que es algo bueno para poder incorporarlo a su curriculum, pero yo no lo hice por eso. Mi caso fue más bien como el mito de la caverna de Platón: yo creía verdaderamente que había algo más trascendente, más profundo en el estudio de la música, más allá de la complacencia académica que tenía a mi alcance en Valencia. Era una sensación muy intuitiva que se fue forjando a medida que asistía a cursos y clases magistrales. Empiezo a hablar entonces con algún compañero, inconformista como yo, y surge la idea de marchar al extranjero a cursar estudios de perfeccionamiento. Al principio pensé en diferentes sitios, como Berlín o La Haya, porque ya entonces me gustaba mucho la música antigua y La Haya era un centro muy especializado, pero al final, y de forma circunstancial, elegimos Budapest porque otro compañero del conservatorio de Valencia con el que me había iniciado ya en la dirección de coros, me dijo: “Oye, en Hungría hay mucha tradición coral. Por qué no vamos allí?”. Y allí nos fuimos.

– ¿Pero tú querías hacer Dirección Coral?

– Llega un momento en el que me dije: quiero estudiar de todo. Y a día de hoy sigo creyendo que esto es muy bueno. Muchas veces la soledad del instrumentista es un pozo sin fondo. El que se dedica sólo a un instrumento, al final puede acabar siendo absorbido por éste, y le acaba limitando mucho. En aquel momento yo había hecho la carrera de piano y había empezado a estudiar también composición, musicología y alguien me sugirió: “Tú valdrías para la dirección”. Y probé. Y sorprendentemente ahí es donde realmente empiezo a sentirme cómodo. En España primero tenías que cursar Dirección Coral antes de hacer la orquestal, y fue justo ahí donde surgió la idea de Hungría.

– ¿Encontraste ese algo más?

– Encontré algo que me arrolló como un tren de alta velocidad, en todos los aspectos–, dice con contundencia y una enorme sonrisa.

– ¿Cómo lo vive tu familia?

– A ver… fue una decisión dura, porque fue una separación. Hoy en día todo es mucho más fácil, está a la orden del día, pero en aquella época no había teléfonos móviles y no había esta globalización, esta inmediatez que tenemos ahora. Se trataba de meter toda tu vida en una maleta y salir de casa, pero mi familia lo entendió muy bien.

Llegas a Budapest con idea de perfeccionar tus estudios de piano, dirección coral y canto. Allí te estableces durante cuatro años, para luego trasladarte a Viena, donde resides durante 6 años más, tiempo en el que estudias en la Universidad de Música y Arte Dramático de Viena. Allí obtienes el título de Magister cum Artium en dirección de orquesta con matrícula de honor.

– Así es.

Estos datos son los que cualquier persona puede obtener si consulta en internet y busca información sobre ti. De algún modo, es información oficial, pero nos apetece traspasar un punto esos datos y buscar a la persona que hay tras el dato, lo que decías antes de dejar el curriculum de lado y tener la charla con la persona. Por ejemplo, me pongo en la piel de ese joven de 25 que deja su casa, su ciudad, su familia, como tantos otros que lo hacen y lo seguirán haciendo. ¿Recuerdas tus primeros días en Budapest? Al ir acompañado sería más fácil, desde luego.

– Bueno, sí, el primer año fue como una “excursión escolar”… algo parecido a un Erasmus. Fuimos tres compañeros de Valencia, un pianista y dos que íbamos a estudiar dirección coral, aunque yo también hice piano en ese momento. El primer año todo fue un descubrimiento. Aterrizamos en la Universidad Franz Listz de Budapest en septiembre de 1999 tras pasar las pruebas de acceso en junio y allí topé con una realidad muy diferente a todo lo que había vivido hasta entonces, musical y personalmente… Hungría es un país del que no se podía decir que estuviera aislado, no es ese el término, pero sí era como una isla musical en el centro de Europa y lo ha sido durante muchos siglos. Es un país que musicalmente es autosuficiente, hasta con su propio método de formación, el Método Kódaly. Tienen un nivel musical altísimo. Al llegar tuve la sensación de que había que empezar de cero. Quitando esa parte bonita y lúdica del viaje de unos chavales que iban a descubrir mundo, luego se fue tornando una sensación dura. Fue divertido al principio, hasta que eres consciente de que aquella intuición de que “faltaban cosas” en mi educación musical, era real… Ahí es donde me remango y digo “hay que empezar”. En ese momento soy consciente de que no me he ido al extranjero un año para tener un título, sino que me doy cuenta de que tengo que quedarme allí y replantearme mi concepción de la música desde el principio. Siempre he sido un poco maximalista para todo: si me pongo me pongo. Pensé que tenía que reflotar el barco en todos los sentidos y surgió entonces mi compromiso personal de decir “me tengo que quedar aquí”. Y me quedé varios años.

– Eso es duro, ¿no?

– Sí, cambia todo. Yo apenas había salido antes de España, no así, solo y durante tanto tiempo.  Suponía independizarme a todos los niveles y piensa que me voy a un país en el que cambia todo, empezando por el idioma, que desconozco absolutamente. Iba con un inglés muy justito entonces, porque los idiomas que he podido dominar después los aprendí en esos años de estudio. Francamente, me encontré de golpe con “la vida”, la de verdad… con sus luces y sus sombras. Hasta ese momento yo era un estudiante que vivía en casa, me apoyaba para todo en mis padres, pero en Hungría, lejos de casa, tenía que estudiar, sí, pero también cocinar, hacer la compra, lavar, planchar (ahí aprendes a valorar a las amas de casa y a convertirte en una de ellas), tienes que alquilar un piso, se rompe algo en el piso, tu casero te echa… había días difíciles en que se me nublaba todo. Fueron años duros, complicados, tanto los de Budapest como los de Viena.

– Supongo que no hablas húngaro…

– ¡Sí, lo hablo! Y además con cierta fluidez. Uno de los cumplidos más graciosos que me han hecho en la vida fue cuando, estando en la academia en Budapest, una persona que no me conocía se me acercó y tras hablar un rato conmigo y notando mi acento raro, me dijo: “Tú eres de Transilvania, ¿no?”, porque Transilvania antes de pertenecer a Rumanía era Hungría, y hay un pequeño reducto de personas que aún siguen hablando húngaro allí.

– ¿Qué otros idiomas hablas?

– Bueno, inglés, claro, porque es el idioma vehicular por excelencia. Evidentemente tuve que aprender algo de alemán cuando llegué a Austria en 2002 y luego, siempre de manera más elemental, he ido incorporando otros idiomas. Cuando estudiaba en la academia en Budapest, el idioma en el que nos impartían las clases a los extranjeros era el inglés, pero cuando salías a la calle se hablaba húngaro. Así que no tuve más remedio. Luego también aprendí un poco de italiano y de francés aplicado a la dirección coral. Ten en cuenta que si te dedicas a la dirección de coro tienes que intentar que tu visión de los idiomas sea lo más correcta posible, tienes que saber corregir con un mínimo de garantías. En la dirección coral tienes que dominar alemán, inglés, italiano y francés por lo menos. Ahora que lo pienso, siempre me apeteció aprender ruso, es un idioma que me encanta, pero no tengo tiempo. Quizás algún día…

– ¿Cuáles han sido las mejores experiencias que viviste en Budapest, por ejemplo? ¿Y en Viena? ¿Malos momentos también?

– Uff, ¡qué pregunta! Lo curioso es que cada vez me acuerdo más de ese periodo, porque la vida es inexorable: pasa tan rápido que no te das ni cuenta y conforme me hago mayor, las vivencias del pasado me asaltan cada vez con más viveza. Ahora miro mi vida actual, y aquella etapa de Budapest y Viena se empieza a quedar atrás, pero cada vez la recuerdo con más nitidez y con mucha intensidad. ¿Momentos? Fue un arco temporal muy grande porque abarca 10 años, y además 10 años en los que estoy realmente viviendo fuera, porque sólo regresaba a España en periodos puntuales ya que trabajaba aquí como asistente de la “Jove Orquestra de la Generalitat Valenciana”. Creo que los momentos que más recuerdo son los de descubrimiento, cuando he tenido, por así decirlo, revelaciones musicales que me han marcado fuertemente.

Por ejemplo recuerdo que el primer año que viví en Budapest hubo un concierto que me marcó, a mí y al compañero que venía conmigo. Eran las Vísperas de Monteverdi. Fui a aquel concierto sin ninguna pretensión y sin embargo aquel día me marcó. Había escuchado las Vísperas mil veces, pero ese día con el “Budapesti Monteverdi Korus que dirigía mi profesora Éva Kollar, aquel Monteverdi me tocó el alma y sentí algo que no se puede explicar pero algo dentro me decía: “Esto es lo que quiero”.

También, por supuesto, ha habido muchas experiencias inolvidables con los directores con los que he tenido la suerte de trabajar y tenerlos cerca, personas que te marcan. Son las experiencias que más recuerdo porque han dejado en mi una impronta que ha hecho de mi lo que soy ahora. Muchas veces me sorprendo ensayando… estoy en una sección de una obra y hago o digo algo, un gesto, una frase que me remonta a aquella época a una velocidad impresionante. Soy muy de asociaciones e imágenes. Es como cuando percibes un perfume que te transporta a tu infancia, por ejemplo.

Y momentos personales muy extraños pero muy bonitos, como por ejemplo pasear por el cementerio de Viena el día de Todos los Santos. Me levanté aquel día y era todo como de película: un día de niebla, gris, lánguido, y fui recorriendo el cementerio de Viena en silencio y vi la tumba de Brahms, la de Schoenberg, la de Mahler… Y de pronto me vino a la cabeza mi “yo” de la infancia, aquel niño que se bebía los libros de biografías de compositores y enciclopedias, que recortaba y coleccionaba fotos de los grandes genios de la música…, y ahora me veía allí… Aquellas sensaciones me marcaron mucho.

– Pero si leías esas biografías y guardabas esos recortes no puedes decir que no te atraía la música, algo había ya.

– Bueno, siempre me he sentido muy atraído por el arte, por la historia antigua, y creo que eso fue la vía que me llevó a la música. Es curioso cómo te reconoces en las experiencias que has vivido en tu infancia. Por ejemplo, me puse a llorar como un niño cuando mi mejor amigo en Viena, un chico alemán con el que compartía estudios y andanzas, me llevó a visitar la casa donde había muerto Schubert, sencillamente porque reconocí un rincón de la casa que estaba en la foto de un libro que yo tenía de pequeño… De pronto pisaba aquellos sitios que había idolatrado de pequeño. Viena es una ciudad muy de escaparate, muy de espumillón, por eso siempre me ha parecido más atractiva Budapest, una ciudad mucho más humana; pero en Viena quedan unos reductos donde puedes todavía sentir el peso cultural que ha tenido la ciudad en sus dos escuelas, tanto la primera escuela vienesa (la de Haydn, Mozart y Beethoven) como la segunda (la de Schoenberg, Berg y Webern), y puedes visitar todas esas casas: la casa donde murió Haydn, por ejemplo, el estudio donde componía Brahms… A mi eso siempre me ha llenado mucho emocionalmente.

Los malos momentos ahora casi me provocan risa, como que tu casero te diga “mañana te vas del piso”, por ejemplo. También ha habido malos momentos musicales, pero creo que son como piedras que hay que poner en un muro para poder construirlo. Son necesarios de alguna manera. La vida de un artista, de un músico, no puede ser un camino de rosas. La vida tiene conceptos muy grandes, muy bonitos, amor, amistad, etc., pero el dolor y el sufrimiento también están ahí. La pasión siempre tiene una doble vertiente y esos aspectos son los que han movido el arte. Cuando uno escucha el comienzo del  Requiem alemán de Brahms, por ejemplo, ahí descubre todas las emociones humanas: las alegres, las tristes, las placenteras, las dolorosas… todo eso también ha de estar en tu bagaje. Malos momentos también, claro, cuando estás estudiando y las cosas no salen como tú quieres, cuando quieres conseguir una meta y la cosa no funciona, un día que tienes una mala clase o te agobian los problemas de la vida cotidiana. Hubo muchos momentos en que pensé volver, porque esto te pasa fuera de casa y lo magnificas mucho más, pero bueno…al final todo mereció la pena.

La vida es un viaje, esta metáfora no es nada original.

– Ese planteamiento me encanta porque de verdad lo veo así, como un viaje.

– En tu caso, además, es literal. Has hecho la maleta en varias ocasiones. ¿Qué guardaste en ella con especial cuidado al ir de Valencia a Budapest? ¿Y de Budapest a Viena?

– Te llevas a la familia, desde luego. Se echa mucho de menos, y el que diga que no, miente.

Lo que sí me llevé, de Valencia a Budapest, de Budapest a Viena y de Viena a cualquier sitio donde he ido, a Italia, a San Petersburgo, y a Madrid, eso que siempre llevo en mi maleta, cuidado como si fuera un cristal, es la ilusión. Es muy normal en el ser humano fatigarse. Es muy fácil que a lo largo de ese viaje que decías encuentres cosas que te fatiguen, que te desanimen, y por eso la ilusión tienes que guardarla entre paños. El día que eso te falte, retírate. Soy muy inconformista conmigo mismo, muy perfeccionista, me eduqué así. Creo que es bueno porque te obliga a sacar lo mejor de ti mismo, te hace estar siempre fijándote en qué puedes mejorar, en qué podría haber salido mejor, y eso hace que muchas veces la ilusión se desinfle, por eso es bueno tener siempre un referente, algo que te recuerde por qué estás haciendo las cosas. Recuerdo una vez en una clase en la que un profesor mío me hizo parar y me dijo “si no te lo estás pasando bien, no sigas”. Y me lo tuve que pensar, porque a veces te obcecas, como estudiante, en que todo tiene que salir bien, perfecto. Aquel profesor me hizo pensar: esfuérzate, sacrifícate, sí, todo eso está muy bien, pero en última instancia hay que pasarlo bien. Siempre lo digo desde entonces cuando llega un concierto: “bueno, ahora a pasarlo bien”. Ya nos hemos preocupado de que todo funcione, de que la tercera está afinada, la exactitud, la pronunciación, pero ahora suéltate un poco, porque si no, no vas a disfrutar. Por eso es la ilusión lo que siempre llevo en mi maleta: que nadie me la quite. A veces cuesta un poco, es verdad, porque la vida te va cambiando, vas madurando, pero siempre tienes que seguir pensando en el motivo de por qué haces música.

– Todo no cabe en una maleta. ¿Qué dejaste en cada una de esas ciudades, bien por propia voluntad o bien porque no tenías más remedio?

– Dejas todo aquello que no quieres. Algo que tuve muy claro desde el principio es que hay que ser crítico de manera positiva. Cuando estás en esa etapa de formación, de estudios, que es tan decisiva para un músico, es muy fácil que te vendan humo y es muy peligroso porque, lo vemos todos los días, hay personas que han vendido su alma al diablo por una cosa que luego se descubre que es mentira, y entonces ya es tarde: te han roto la vida. Un profesor o cualquier profesional se acerca a ti, a darte siempre su punto de vista y tú tienes que ser crítico y decir “esta verdad que me están vendiendo ¿me va bien, me la creo?”. Y tienes que plantearte si esa verdad es correcta y estudiar mucho para saber si es así. Por eso siempre me he intentado deshacer de las cosas que no me llevan a ningún sitio, de lo superfluo… sobre todo cuando decidí encaminarme a la dirección. Hay una cosa que es muy errónea, que es el concepto de “destruir para construir”. Es algo que no concibo en este mundo, porque lo he experimentado a lo largo de estos años. A menudo me topaba con un profesor que me decía: “¿Pero qué hace Vd.? Esto no es como usted lo hace, es como yo le voy a decir”. Ahí es cuando yo empiezo a ser crítico y a preguntarme qué me sirve y qué no me sirve de todo lo que me están contando; qué es bueno y qué es simplemente humo. Intento ser pragmático y desprenderme de estas actitudes… Siempre las he dejado fuera de la maleta.

– ¿Puedes resumir con una única palabra en cada caso los años en Budapest y Viena?

– ¿Con una sola? No es fácil – dice, riendo–. Para Budapest voy a decir “descubrimiento” y para Viena utilizaré alguna más: “camino hacia la madurez”.

Descubrimiento en el sentido de intensidad, dolor de algo que crece y se transforma, de romper formatos de antes, ruptura que a veces es dolorosa, pero también descubrimiento en el sentido de ilusión y de alegría. Fueron años de mucha convulsión emocional para mi porque descubrí todas esas cosas que presentía en la música y que habían estado dormidas, y fue también la época de descubrir muchas verdades, de quitarme muchas vendas, muchos complejos. Fue un proceso muy feliz, pero también algo doloroso: madurar no es fácil.

Viena fue algo más tranquilo, la llegada al academicismo. Entrar en la universidad, formarte como universitario y estudiar muy seriamente, muchas horas, mucha intensidad para asentar el conocimiento académico.

OCNE 2016-17. SINFONICO. CONCIERTO 2. DAVID AFKHAM. ANJA SCHLOSSER. ANDREW STAPLES. MICHAEL NAGY. THOMAS STIMMEL

El Coro Nacional

– ¿Qué te hace regresar a España y establecerte en Madrid? ¿Habías vivido aquí ya anteriormente?

– Prácticamente toda mi familia vive aquí. Mi padre es hijo único, pero por parte de mi madre son varios hermanos, todos nacidos en un pueblecito de Cuenca. Mis padres de jóvenes se fueron a vivir a Valencia, que es donde yo nací, pero el resto de la familia vive aquí en Madrid. Para mí, Madrid era sinónimo de visita veraniega para ver a mis tíos y primos, pero la verdad es que nunca hubiera pensando que acabaría viviendo aquí, ahora. ¿Qué me trajo? Pues lo que decías: la vida es un viaje y de igual manera que yo me fui buscando ciertas cosas, llega un momento en que la vida parece que empieza a decirte: “Ya las has visto, pues ahora te toca volver”. Y al final hay circunstancias personales, la falta de la familia empieza a pesar, y también en mi caso aparece un cierto cansancio, porque fue un período largo fuera. Además te das cuenta de que no es oro todo lo que reluce fuera de casa. Al principio me parecía que pronunciaba una palabra sagrada cada vez que decía “Viena”, pero luego te vas dando cuenta de que también tiene sus luces y sus sombras. Viena tiene un mercado musical sobresaturado donde es muy improbable conseguir algo, y a medida que te vas haciendo mayor, que vas perdiendo esa ilusión inocente de estudiante y te empiezas a enfrentar a la realidad profesional, es cuando descubres que hay una cantidad importante de juegos bajo la mesa, intereses que no controlas y que nada tienen que ver con tu talento o tu personalidad. Termino mis estudios en Viena en 2008 y veo entonces que no tengo clara una salida. No regresé a Madrid directamente, porque hay una época en la que traté de probar fortuna en concursos internacionales, un camino poco exitoso y que, de alguna manera, yo ya intuía que no me aportaría nada. Generalmente en los concursos hoy en día “el caballo ganador” tiene que reunir una serie de cualidades que no tienen necesariamente mucho que ver con ser el mejor.  Por competir en un concurso fui hasta San Petersburgo, que es el lugar más lejano al que he ido, donde vi realidades muy crudas que me decidieron tras tantas experiencias fallidas, a no volver a participar en un concurso nunca más y a tratar de cimentar mi futuro sobre algo “más solido” que un premio. En aquella época también estuve muy cerca de haber sido el director asistente de la Orquesta Nacional de Glasgow. A veces pienso qué diferente podría haber sido mi vida si alguna de aquellas circunstancias hubiera cuajado.

Así pues, Madrid fue sorprendentemente circunstancial. Mi vida tras Viena caminaba un poco en la oscuridad, en la incertidumbre, porque pese a haber invertido mucho tiempo en estudiar, me encontraba de pronto con que no sabía bien por dónde tirar. Una amiga me dijo entonces: “Hay pruebas para la subdirección del Coro Nacional de España, ¿por qué no lo intentas?”. He de decir que en aquel momento yo estaba desconectadísimo de la dirección coral, llevaba seis años dedicándome en cuerpo y alma a la dirección orquestal, estudiando; pasé casi cuatro años trabajando también con la Joven Orquesta de Valencia de la que había sido elegido subdirector y a pesar de que siempre había seguido estudiando dirección de coro y de que cantaba en varios coros en Viena, notaba como que si “profesionalmente” hablando, hubiera habido una desconexión mía con el mundo coral. Por eso cuando surgió la posibilidad de presentarme al Coro Nacional, pensé: “Auditorio Nacional, Coro Nacional de España… ¡imposible!”. Y no lo fue.

– Con ese ir y venir de ciudades ¿de dónde te sientes?

– Es algo que no me preocupa en absoluto. Creo que siempre he sido del sitio donde he estado, aunque es verdad que con el paso del tiempo es inevitable sentir ciertas nostalgias. Reconozco que cuando vuelvo a mi casa, cuando estoy en Valencia, es como ir a un museo de mí mismo, me sorprendo y digo: “anda, mira, mi habitación”. Me gusta echar raíces donde estoy y siempre he tratado de acoplarme, siempre he estado razonablemente a gusto en los sitios en los que he vivido.

– ¿Cómo fue tu primer momento en Madrid? ¿Te incorporas al Coro Nacional de manera inmediata?

– Fue todo rapidísimo, algo que me sorprendió. Estaré siempre muy agradecido por esta oportunidad que me dio la vida, porque fue un momento difícil, imagina que no sabes bien si todo aquello que has hecho va a dar fruto, pero al final todo fue sencillo. Así que vine a Madrid. Había bastantes candidatos, no recuerdo bien, pero más de veinte seguro. Hicimos un primer examen de conocimientos musicales bastante complejo y luego una pequeña prueba dirigiendo. De ahí redujeron el número, creo que pasamos 4 ó 5 candidatos. La segunda prueba ya fue enfrentarse al gran Coro Nacional, hacer propiamente una prueba de ensayo. No lo olvidaré nunca, fue la Missa Solemnis de Beethoven y ocurrió eso que te decía antes, fue uno de esos momentos en que te retrotraes… Mi mente volvió a Viena, porque la Missa yo la había trabajado con Harnoncourt nada menos, cuando la hicimos con el Coro Schoenberg, que era donde yo cantaba. Hacer aquel ensayo, aquella prueba, fue algo muy bonito: noté inmediatamente que me sentía a gusto ensayando con aquel coro. Y así fue como tomaron la decisión de que me quedara con ellos, en el Coro Nacional. Al principio me daba un poco de pánico, pensé que me iba a quedar grande, aparte de que suponía otro gran cambio de vida después de mi reciente regreso de Viena, pero no, al final me amoldé a todo y fue de un modo muy agradable. Ya me he acostumbrado a vivir en Madrid.

La incorporación al CNE fue inmediata. Recuerdo haber firmado mi contrato en el INAEM hacia las 12 de la mañana, regresar al Auditorio y el director me dijo “tienes que hacer cuerdas”, así que el primer día ya ensayé. Fue Francis Poulenc, me acuerdo, los Motetes para Navidad.

– Pasar de la subdirección a la dirección en enero de 2015 ¿era un paso lógico y esperado o supone una sorpresa para ti?

– Pues si quieres que te sea sincero, fue una grandísima sorpresa, y no es por quedar bien ahora, te lo digo con el corazón en la mano. Como director, tienes que estar preparado para saber que en cualquier momento puedes salir de una unidad, y además es sano y es bueno, es algo que es así: nadie debería perpetuarse. Cuando la dirección del Auditorio tomó la decisión de que el director que había en ese momento acababa su etapa, yo lo viví también con cierta preocupación, pensando: “Nos hemos quedado sin director… ¿Y ahora qué?.” Ni me planteaba la posibilidad de ser yo el siguiente director, ya que estaba muy involucrado con la subdirección, con lo que significaba ser subdirector; y me parecía un trabajo muy bonito porque, tengo que decirlo, he aprendido muchísimo: hasta esa época había aprendido mucho, sí, pero como estudiante y como cantante en coros, pero tener la oportunidad de ponerte al frente, de “pilotar” un coro grande, trabajar con ellos, hacer cuerdas, hablar con los cantantes, con los pianistas acompañantes, meterte un poco en la cocina a ver cómo se hacen las cosas desde dentro,… todo me parecía apasionante.

Las cosas luego llegaron de manera natural. En aquel momento la dirección del Auditorio se reunió con miembros del Coro para consultarles sobre la elección de un nuevo director titular. El Coro dijo que estaban a gusto conmigo y preferían continuar así, por lo que yo siempre les estaré muy agradecido. Pero sí, ¡fue una sorpresa!. Pensaba que tal vez vendría otro director o que el Auditorio buscaría otro tipo de perfil, quizás más senior, o algún nombre en concreto; ten en cuenta que aquí pesan mucho todo tipo de decisiones.

– ¿Qué implica ser el director del Coro Nacional de España? En cuanto a prestigio, es obvio: estar en lo más alto de la dirección coral en España, pero me refiero a responsabilidades, tareas musicales y de otro tipo, burocracia, relaciones con instituciones, tareas de representación y otro tipo de burocracia… ¿La dirección pesa? ¿Pesan las labores adyacentes a la música?

– Es curioso porque esta mañana he respondido también a esta pregunta. He dicho bromeando: “A veces tengo la sensación de que lo que menos hago es música”. Si valoras el día a día y piensas cuánto tiempo he estado ensayando, realmente es casi lo que menos hago. El cambio de subdirector a director supuso cargar con toda la responsabilidad. Es bonito, sí, pero fatiga bastante, te hablo desde el punto de vista de la responsabilidad. Como director coral asociado a una orquesta, normalmente siempre estás trabajando a las órdenes de otro director, que es quien va a dirigir al final el concierto: tú me pides algo y yo preparo al coro respecto a eso que tú me has pedido. Eso ya supone un ejercicio de responsabilidad muy grande. Cuando va a venir el director, notas ese cosquilleo, al pensar: “Que todo esté a su gusto, que salga todo bien, que el director esté satisfecho con el coro”; porque lo que habla bien del coro es que el director invitado esté contento.

Pero lo que más pesa es todo lo que empieza después del ensayo, el trabajo burocrático: reuniones, confección de listas, programaciones, etc., porque al fin y al cabo formas partes de ese gran engranaje que es un auditorio donde a lo mejor tú hoy estás ensayando con el coro La Pasión según san Mateo de Bach, pero personalmente ya estás trabajando y preparando los siguientes proyectos que hay que abordar. El Coro ensaya todos los días, de lunes a viernes. No ensayamos por proyectos, sino todos los días y, después de eso te metes al despacho y comienzan las actividades diversas. Hay otro segmento del día, que es cuando llego a casa y puedo sentarme delante del piano a estudiar, abrir la música y zambullirme en ella como en una piscina, eso es parte de mi trabajo también.

– ¿Cómo son 24 horas de un día cualquiera de trabajo en tu vida?

– Te cuento el día de hoy, por ejemplo. Me levanto a las 8 y lo antes posible me voy al Auditorio. La hora de comienzo del ensayo es las 10.30, pero aprovecho ese tiempo antes de las 10.30 para adelantar todo lo que puedo: flecos que me quedan del día anterior, correos, etc., trabajo burocrático. Pero, eso sí, la media hora antes del ensayo intento encerrarme en mi despacho y me concentro en lo que voy a hacer. Necesito los 20-25 minutos previos de estar yo solo y organizar en mi cabeza lo que voy a hacer en el ensayo. Una vez con el Coro, primero vocalizamos, 10-15 minutos, y comienza el ensayo. Es rápido, intenso, no hay tiempo que perder, y ensayamos hasta las 13.30. A partir de ahí hablo con la coordinadora del coro y ahí empieza el otro tipo de trabajo: hay que ir a tal despacho, reunirse con tal persona, o hay que hablar con los jefes de cuerda, o con la jefe de prensa, tienes una entrevista a tal hora, te citan del Ministerio, etc. No siempre es así, cierto, algunos días son más intensos y otros más livianos, pero puedo llegar a casa tranquilamente a las 17.00 o las 18.00. Descanso un poco y entonces me siento delante del piano y empiezo a trabajar en lo que estamos haciendo o bien en lo que viene, porque lo normal es estar trabajando al cien por cien en una producción, pero para que todo vaya bien y tú como director tengas cierta solvencia, tienes que ir como mínimo dos producciones por delante. Ten en cuenta que cuando trabajas con un coro profesional o una orquesta profesional, por tu parte todo tiene que estar controlado, o al menos tienes que intentarlo. La profesión te va curtiendo y también la madurez, el hecho de rodar el repertorio, de hacer obras que ya conoces, pero siempre encuentras una manera nueva o solventas un problema que surgió hace dos años, por ejemplo, la última vez que trabajaste esa obra. Por eso tú tienes que estar aisladamente una o dos producciones por delante. Así aún me quedo estudiando un rato por la noche y luego ya sí, me acuesto.

– Que es ¿a qué hora?

– ¿Puedo no responder a eso, por si acaso se enfadan mis padres? –dice, mientras ríe con risa franca y cara de niño inocente–. Soy ave nocturna, y eso es algo que me queda de la época de Viena: había mucho que estudiar por la noche.

– Te proponen (o propones) un concierto con un repertorio concreto, ¿cómo lo preparas tú personalmente antes de hacerlo con el coro?

– Lo que te he contado es la rutina diaria, pero esta rutina, respecto a la preparación de un concierto, varía mucho dependiendo de lo que tengas que hacer: si es un programa sinfónico coral, si es un programa que va a ocupar todo el concierto o sólo una parte, si es un programa de cámara de polifonía, que a veces da más trabajo que montar un Requiem de Verdi, porque requiere mucha más dedicación que un obra de gran repertorio que el coro ya domina.

Primero tienes que diseñar la hoja de ruta, ver dificultades, necesidades, e ir solventando según esas necesidades. Cuando hay estrenos hay que tirar más de ensayos por cuerdas, porque las obras que parten de cero son más complejas de montar.

– ¿Entonces ahora estás con la Pasión a pleno rendimiento y mientras trabajas en el Elías y en un tercer proyecto? No parece fácil.

– Al principio cuesta un poco encajarlo. Aceptar la dirección es esto también: hoy a las 10.30 bajas a la sala a ensayar Bach con el coro, pero a las 6 de la tarde estas estudiando Mendelssohn, porque sabes que la próxima semana hay que mirarlo y tú no puedes empezar de cero, el director no puede hacer eso.

– Dirigir esta temporada la integral de motetes de Bach ha sido una propuesta tuya, ¿verdad?

– Totalmente. Hay un pequeño territorio dentro de la programación del Coro Nacional donde sí tienes más posibilidades de elegir y tú, como director del coro, valoras cuáles son los puntos fuertes o también las carencias de la programación para poder hacer la propuesta que quieres.

– Hasta los programas de mano de este ciclo de lo motetes han sido redactados por ti ¿Has hecho realmente Bach a tu manera?

– Los motetes los tenía en la cabeza desde hacía tiempo. Quizás a priori pueda parecer un repertorio que no encaja con una formación coral tan grande, pero el formato de cámara te permite trabajar con una sección del coro más pequeña. En este sentido, les estoy muy agradecido, porque el coro se puso en mis manos para lo que yo quería desde el primer momento. Ha sido eso que te decía antes, la sensación de volver a reconocerte en otras cosas que has hecho anteriormente: yo canté los motetes varias veces en Viena con Erwin Ortner, el director del coro Schoenberg, y allí pesaba mucho la tradición de Harnoncourt, porque había momentos en el año en los que siempre volvíamos sobre los motetes de Bach, y por eso los aprendí de una manera muy única: la suya. Pero por esa visión crítica mía que tengo por principio, y al margen de versiones idealizadas, quería volver a la partitura, al origen y preguntarme humildemente a mi mismo: “Mira a ver qué averiguas tú sobre lo que hay aquí escrito”.

Erwin Ortner (c) Arnold Schoenberg Chor

En esencia

– Aparte de tu relación con el Coro Nacional de España, durante los años en el extranjero has dirigido y cantado en varios coros, entre ellos el Arnold Schoenberg Choir, de Viena, un coro con una gran relación con Nikolas Harnoncourt y que ha sido dirigido por directores como Abbado, Mutti o Maazel. También en Madrid has tenido oportunidad de trabajar con otro tipo de coros amateur como la E.C.A. y, donde muchos tuvimos la enorme fortuna de conocerte, y de hecho ahora lo estás haciendo también con nosotros en Cantate Mundi. ¿Qué te sugiere esa famosa dicotomía mundo profesional / mundo amateur? ¿Cómo defines la profesionalidad dentro del mundo de la música?

– Me sugiere “incomodidad” a la hora de definirlo, porque yo trabajo en un coro profesional, pero también me he movido mucho dentro del mundo amateur. He trabajado en Hungría, por ejemplo, con coros amateur que ofrecen un resultado profesional y tengo que decir que, en este aspecto, hay que ser salomónico: hay que entender la posición de ambas partes porque no es una cuestión fácil. Aunque a mi me gusta borrar fronteras, es cierto que hay una línea que es evidente: los auditorios y salas de conciertos tienen que tener una orquesta y un coro que forzosamente ha de ser profesional. A día de hoy, me cuesta definir exactamente qué es ser “profesional”, pero creo que hay que atender a tres factores. Uno es la calidad del resultado, es decir, una agrupación se considera profesional porque ofrece un resultado de una calidad superior, profesional. El segundo factor que entra en juego para definir la profesionalidad es la formación: una agrupación se considera profesional porque los miembros que la conforman tienen una titulación profesional y por ello, al ser titulados, especialistas, ofrecen una calidad mayor. Y un tercer factor, que es que la profesionalidad se traduzca en una remuneración económica: hablamos de profesionales que viven de su trabajo. Si sólo se juzga por la calidad del resultado, es posible encontrarse con muchos coros que hoy en día, aunque no están en el circuito de coros profesionales, ofrecen un resultado altísimo, y al final todo es un terreno difícil. Hay que respetar absolutamente y reconocer las instituciones orquestales y corales estrictamente “profesionales”, donde sus interpretes son titulados, son especialistas y ofrecen un resultado profesional, pero no hay que desatender el mal llamado “mundo amateur”. Para mí emocionalmente es un terreno muy bonito que ofrece otras cosas muy interesantes. Es otra manera de concebir el trabajo, pero a fin de cuentas se trata de lo mismo: crear algo bonito, transmitir emociones, aunque con diferentes ingredientes.

– ¿La forma de trabajar, el planteamiento de una obra, de un ensayo, es muy distinto con según qué tipo de coro?

– Evidentemente es distinto, sí, por lo que te decía, porque con un coro en el que todos sus miembros son profesionales y tienen una formación, hay cosas que no tengo que explicar: si pido por ejemplo, “este sonido está muy abierto… hagámoslo más redondo”, no tengo que decir nada más porque ellos hacen click y cambian su sonido sobre la marcha. La profesionalidad de los cantantes te facilita el trabajo. El cambio más importante radica justo en esto, en que a medida que hay menor formación, tú tienes que tener más herramientas para explicar cómo obtener el resultado que quieres, pero la cuestión es tener también “gracia” para hacerlo, para saber pedirles las cosas, para llevarlos a tu terreno… eso lo he descubierto con los años. Hay que saber tratar a todo el mundo, pero a los miembros de una formación amateur no puedes tratarlos como a niños pequeños: el director tiene un gran papel para buscar resultados, para hacer que todo el mundo se sienta bien… Pero son dos ritmos de trabajo diferentes, por supuesto.

– ¿Qué sobra o qué falta en la música española, en comparación con otros países europeos? ¿Cuáles son nuestros principales problemas?

– Una pregunta muy profunda que puede dar lugar para una entrevista entera. Lo difícil es extraer alguna pincelada. Hay muchos matices, pero te diría que lo que sobran son, tal vez, ciertos complejos. Lo entendí cuando estuve estudiando fuera: viajar es algo maravilloso porque aprendes muchas cosas nuevas, pero también aprendes a valorar lo que tienes aquí. Cuando me fui, yo tenía ese complejo: “músico españolito, cualquiera es mejor que yo”, parece que todo lo que tiene nombre extranjero suena mejor y es de mayor calidad. Y luego te das cuenta de que no: los estudiantes españoles éramos los más puntuales, los que mejores notas sacábamos, los que más estudiábamos. He de decir que en aquellos años me encontré con músicos españoles con un talento increíble fuera de España. Sí, creo que a los músicos españoles en general, nos sobran complejos. Nos sobran también ciertas posiciones: un poco de orgullo, de arrogancia mal entendida, cosas que generan rencillas absurdas, cuando en verdad el mundo coral es tan bonito. Falta, sobre todo, una gran inversión en cultura. Es un problema actual, pero que existe desde hace mucho tiempo. Los países de Centro Europa han sido musicalmente brillantes en la transición del siglo XIX al XX, y en la actualidad cuidan e invierten en su cultura. España tuvo su culmen musical mucho antes, siglos atrás, pero nuestro siglo XIX fue decadente, y “de aquellos polvos estos lodos”, ya sabes. Seguimos teniendo una carencia muy importante en educación, aunque ha mejorado mucho, también tengo que decirlo. A veces me sorprendo cuando veo en la actualidad a algunos estudiantes con niveles que impresionan. Recuerdo que cuando íbamos con cualquier coro al extranjero, siempre escuchabas eso de “caramba, qué voces los españoles”, porque hay algo, nuestro color de voz, que es muy interesante y que resulta muy distinto con respecto a voces de otros países.

Por resumir: sobran complejos, sobran tensiones y falta una educación musical potente, una educación en la que la música esté por fin en las universidades y donde deje de ser un hobby y un mero entretenimiento. Hay que ser positivos, aunque dudo mucho que tú y yo lo vayamos a ver.

– ¿Echas de menos cantar?

– Sí, mucho. Estoy dirigiendo y estoy cantando por debajo…

Miguel Ángel García Cañamero (c) Cantate Mundi

– ¿Cómo surge tu grupo The Labyrinth of Voices?

– Surge por inquietud, por ganas de hacer algo diferente, fresco y de hacerlo bien hecho, por cansancio ante ciertas actitudes que se repiten siempre. Pero digamos que “estoy en ello”, no es algo asentado del todo, sino un experimento en el que aún estoy probando cosas, algo a lo que me gustaría dedicar más tiempo, y espero poder hacerlo en un futuro cercano. El Laberinto es algo muy personal, me lo paso bien sobre todo, pero está “en construcción”.

– ¿Ahí cantas?

– Bueno…¡según la necesidad! Empecé sólo dirigiendo, pero al final me animé a cantar con ellos, y lo hago encantado. Te hace sentir la música más desde dentro. En la música antigua la “dirección” en sí, la figura de director no es tan fundamental, al tratarse normalmente de grupos más reducidos, lo que te permite la posibilidad de tomar parte más activa en el grupo. En The Labyrinth of Voices lo paso bien, esa es la meta, es una vía de escape: poder entrar en un mundo que me apasiona, el de la música antigua, un campo en el que tengo la sensación de no haber experimentado todavía todo lo que me habría gustado, porque mi formación ha ido por otro lado.

 – No es tan conocida como debiera tu labor de investigación en el mundo de la música. Háblanos de esa faceta tuya de investigador, de musicólogo. Merece la pena parar un momento para hablar sobre Petrus Fernández Buch.

– La investigación musical siempre me ha atraído mucho, pero desde un infinito respeto. Hoy en día, un investigador en España, y más un investigador musical, un musicólogo, para mi es un héroe: lo tiene todo en contra. Que alguien se dedique profesionalmente a eso es muy respetable, pero mi labor dentro de la investigación musical digamos que es más de andar por casa. Empecé mis estudios de Musicología en Valencia pero los tuve que aparcar cuando me marché fuera; sin embargo, siempre me ha quedado ese gusanillo de buscar cosas nuevas.

Petrus Fernández Buch , un polifonista español bastante desconocido del s. XVII, me llega a las manos como un regalo de la vida, algo hermoso que no esperas. En aquel momento, en 2013, yo estaba estudiando e interesándome por otro tema, algo que no tenía nada que ver, sobre los organistas de la Colegiata de Pastrana (Guadalajara), y al leer información de otros investigadores sobre el tema, descubro al figura de este compositor, Buch, y tengo la sensación de que hay algo importante sobre la mesa a lo que nadie parece haber prestado demasiada atención. Cosas de la vida, resulta que Pastrana está al lado del pueblo de mis padres, así que un día me acerco con idea de preguntar si podía indagar, inocentemente, sin más. Yo fui el primer sorprendido, al descubrir una música increíble, un polifonista magnífico del que hasta ese momento sólo había referencias biográficas y que encajaba como anillo al dedo en la idea de un proyecto para nuestro grupo del Laberinto. A día de hoy hemos seguido investigando a este compositor: el año pasado reconstruimos un oficio de difuntos en torno a la Casa de Éboli. Son proyectos muy intensos, muy bonitos. Es increíble cuando de pronto vuelves a hacer sonar músicas que estaban dormidas durante siglos. Hemos tenido que acudir hasta los archivos de la catedral de Zaragoza para poder completar la música que había en la colegiata de Pastrana. El tema me apasiona. Siempre trato de hacerlo con sumo respeto hacia los profesionales que verdaderamente se dedican a la investigación, pero mis proyectos suelen ser apuestas personales, independientes, no vinculadas a ninguna institución. No busco ningún reconocimiento académico ni nada parecido. Creo que el arte es algo que está ahí y los que nos dedicamos a esto tenemos un compromiso diario. Los músicos españoles deberíamos estar un poco más implicados y procurar rescatar todo lo que es nuestro, porque esto en Alemania, por ejemplo, se trataría de una forma muy diferente.

Petrus Fernández Buch – The Labyrinth of Voices from mots on Vimeo.

– Dirigir, cantar, investigar… ¿Qué te aporta cada una de estas facetas de tu vida profesional?

– Bueno, pues no sabría decirte. Como músico siempre he tenido claro que cuanto más pudiera saber, mejor. Tengo ahora 43 años y aún me gustaría comenzar a estudiar cosas nuevas, coger una viola da gamba, por ejemplo, y aprender a tocarla… pero las limitaciones de tiempo son crueles. Lo que te decía de tener ilusión. Es como tener ante ti una serie de estanques que se van llenando poco a poco. He estudiado piano, composición, dirección, pero yo creo que siempre se tiene hambre por saber más. Necesitas cinco vidas.

– ¿Dónde es Miguel Angel más él mismo?

– Trato de ser yo  mismo siempre. Me encuentro cómodo dirigiendo, por supuesto, pero insisto en que cuando más he abarcado ha sido cuando me he dado cuenta de de dónde puedo sacar resultados más notables. Así fue como decidí aparcar mis estudios como pianista para dedicarme a la dirección. Creo que es ahí a día de hoy, en la dirección, donde más a gusto me encuentro. También es cierto que ahora empiezo a entender la dirección de una manera diferente, mucho más práctica, más pragmática, no como una finalidad de lucimiento personal, sino como un vehículo para moldear algo, donde lo importante no soy yo. Lo importante es ese “algo” que se crea y a lo que se le da forma entre todos… y no ver a un señor vestido de negro moviendo las manos y haciendo gestos. Creo que es muy triste cuando entiendes que la dirección es una finalidad, porque entonces eres una marioneta narcisista, un bailarín… no eres un músico.

– ¿Sabes la importancia de lo que acabas de decir?

– Es que yo lo veo así. Hay que entenderlo: el mundo de la dirección ha cambiado mucho, Elena. Hay un libro que recomiendo a todo el mundo que lea, Quién mató a la música clásica, de Norman Lebrecht, es muy interesante. Hace ya años que las cosas empezaron a cambiar y ya no estamos ante ese mundo musical que hemos conocido. Las cosas dejan de funcionar como funcionaban en los años 80 o 90, por ejemplo, pero a día de hoy, lo curioso es que el chico o chica que entra en un conservatorio a aprender piano, sueña con ser Rubinstein o Barenboim, y el que quiere ser director quiere ser Karajan o Bernstein, pero esos modelos ya no tienen sentido. El director sigue siendo esa pieza clave de algo, pero es sobre todo la persona a la que le toca llevar las riendas, no es una finalidad en sí mismo como artista. Lo importante no es el restaurador que restaura “Las Meninas” de Velázquez, lo importante son “Las Meninas”, que han estado ahí desde que Velázquez las pintó. Lo más importante es siempre la humildad y después el amor o enamoramiento que sientas por esa obra a la que te vas a enfrentar.

Si tú abres la Pasión de Bach y te pones delante del coro, tú no importas… ¡importa Bach!. Lo importante no es el protagonista del mito de la caverna del que hablábamos, asomado a la ventana, él no es nada: lo importante es la verdad que transmite, la pureza de ese mensaje.

No puedo entender la dirección como una cosa narcisista, un baile o una finalidad. Hay una serie de gestos que ayudan al intérprete que tienes delante, pero, siempre lo digo: lo fundamental son los ensayos. El concierto es un “pasen y vean: ahora son ellos quienes están cantando o tocando, yo ya he hecho lo que tenía que hacer”. La “dirección” acaba el día que acaba el último ensayo. Lo otro es un mero trámite. Digamos que eres la prolongación del coro, pero no eres el punto central de nada. El punto central es lo que el coro está cantando. Y si no lo entiendes así, vas mal.

– ¿Qué música escuchas cuando no es por trabajo? ¿Cuál es, por ejemplo, la música que llevas en el coche?

– En el coche cada vez escucho menos música, porque me absorbe mucho, me distrae. Cuando estoy en casa ya descansando, por ejemplo, si escucho algo de música lo hago más de manera ambiental, oigo música que cerebralmente no me absorba mucho, porque si a las 12 de la noche me pusiera, por ejemplo, el Concierto nº 3 para piano de Prokofiev, que me encanta, ¡no dormiría en toda la noche!.

Escucho también música antigua, algo que me calme un poco el alma tras la vorágine del día, pero a veces también, para que me acompañe, escucho lo que tengo entre manos, aquellas músicas con las que estoy trabajando actualmente. Eso sí, no me gusta nada estudiar con versiones, porque si haces eso terminas convirtiéndote en la “copia de”. Tú asómate a la obra, déjate seducir por ella y usa todos tus conocimientos, pero lee la partitura.

– ¿Cómo es Miguel Ángel García Cañamero cuando no es músico, si es que puedes colgar tu traje de músico en algún momento, si es que quieres hacerlo?

– Es una cosa que me ha sorprendido, porque a medida que va pasando el tiempo, cada vez me va gustando más colgar ese traje de músico. Es como un placer extraño, la sensación de decir “tengo otra vida”. Valoras aspectos de esa vida que quizás por la vorágine del día a día no te da tiempo de apreciar. ¿Cómo soy? Muy normal, una persona muy de estar en casa. No necesito deportes de alto riesgo ni nada parecido; me gusta eso: estar en casa, volver a ver a mis padres y buscar tranquilidad, a veces incluso no hacer nada, algo que creo estamos perdiendo, aunque no me puedo permitir hacer grandes desconexiones. Los ritmos de hoy en día son excesivos, a veces no nos damos cuenta pero arrastramos un sobre-excitamiento impresionante en todo lo que hacemos: exceso de volumen, de ruido, de excitación visual, de información… Siempre intento reservarme unos minutos del día para no oír nada: es algo maravilloso que casi no existe ya. Un porcentaje importante de la población tiene acúfenos y no lo sabe. Nuestro oído no está preparado para el ruido constante. Por eso me gusta buscar el silencio. Me gusta mucho leer también.  Procuro ser lo más normal posible, en definitiva.

– ¿Podrías decir quiénes son las personas que más han influido en tu vida, tanto en la faceta personal como en la profesional?

– Ante una pregunta así, se esperaría una respuesta del tipo de “mi maestro cuando estudié aquí o allá”, y en cierta medida, es así. Pero creo que dentro de mi llevo un poco de todas las persona que se han querido asomar a mi vida y enseñarme algo. Ha habido cosas de un director que me han gustado, de este o aquel músico, cosas que he pensado que eran buenas y las he acabado incorporando en mi bagaje, pero nunca como copia, sino con la intención de capturar esa esencia e incorporarla a tu vida, tamizándola a través de tu emoción y tu conocimiento. Hay muchísima gente que forma parte de lo que soy. En lo personal, cuando era niño y estaba en el colegio, aquel profesor escolapio del que ya te he hablado que me inició en la música, fue para mi un referente como persona. Era un gran músico, un músico natural, y aparte fue para mi un modelo de persona, de virtud, en cuanto a tener muy claro que tienes que ser sobre todo una buena persona en la vida y que tienes que ser honesto para ser buen músico.

– Tienes que ser honesto para todo en la vida, ¿no?

– Sí, pero en esta profesión especialmente tienes que ser muy legal: con la partitura, con la gente. No puedes ser un tirano. Tienes delante a un montón de profesionales que te están haciendo un grandísimo regalo: su conocimiento, su tiempo, su voz, sus esfuerzos… y eso es algo que tienes que aprender a usar desde la humildad.

Musicalmente también han supuesto una fuerte y lógica influencia mi maestro en dirección de orquesta en la universidad de Viena, Uros Lajovic, también Ervin Ortner, director del Coro Schoenberg, que me aportó mucho.

Pero te voy a contar algo curioso que me pasó. Cuando decido que no puedo simplemente ir un año a Hungría, sino que me tengo que quedar allí, fue como tener la sensación de que se hubiera apagado la luz. Aquello ya no era un Erasmus, ya no era una fiesta.

Al departamento de coro de la Universidad Franz Listz de vez en cuanto traían a diferentes profesionales a hacer cursos, y tuve la gran suerte de trabajar en el coro de la academia durante unos 10 días con Simon Carrington, uno de los miembros fundadores de los King Singers. Este hombre estará por ahí por el mundo ahora, en alguna parte, tan tranquilo, y seguramente no imaginará la huella tan grande que dejó en el que ahora es el director del Coro Nacional de España. Yo no era nadie entonces, era un estudiante extranjero de la Academia Liszt que entonces cantaba en el coro como barítono (era lo que hacía falta) y él llegó con una actitud extrovertida y una jovialidad que nos sorprendió. Nunca me olvidaré del programa que trabajamos: la primera parte era la Misa a 4 voces de William Byrd y en la segunda, hicimos música de los siglos XIX y XX, la Cantata Rejoice in the Lamb de Britten, entre otras cosas. Fue como si algo me explotara entre las manos, pensé que aquello tenía que ser mi vida. Y eso que él no era director, sino cantante. Lo primero que encontré fue a una persona humana que se acercaba al coro en actitud de decir: “A ver qué hacemos con esto, porque es precioso”. Era un mago. Era un cantante excepcional y tenía infinitas herramientas para, casi como un juego y entre bromas, cambiar el color del coro. Él quería ir a un sitio determinado y decía: “No hagáis esto, haced esto otro, cantad de esta manera” y de repente todo cambiaba. Te sentías como una marioneta en manos de un ventrílocuo. Me impactó mucho de él que cuando el curso llegó a su fin, dijo: “Mi trabajo ya está, ahora vamos a pasarlo bien”. Esa es mi filosofía siempre también.

El día del concierto amaneció un día gris, muy lánguido, muy propio del otoño húngaro. Cantábamos en la catedral, en lo alto del Bastión de los Pescadores. Cuando comenzamos con la Misa de Byrd, algo prendió en el coro. La emoción iba cada vez a más y yo me decía “¡Dios mío! ¿Qué es esto?”. Cantamos el Kyrie, el Gloria, el Credo, apenas sin darme cuenta; estaba absolutamente absorto en lo que estaba viviendo. Pero cuando llegamos al Agnus Dei miré a Carrington y me di cuenta de que estaba llorando. En su cara lo único que veía era una cosa: “Gracias”. Todavía me impresiona mucho pensar en aquello porque era uno de los King Singers, alguien que ha dado la vuelta al mundo y que después de dejar el grupo decide trabajar con gente joven. Aquella persona era un hombre puro, cristalino, transparente. Estábamos aún en la primera parte del concierto, pero miré a mis compañeros y estaban todos compungidos, casi llorando. Acabamos esa primera parte y es como si hubiera sido el final del concierto: hubo una reacción espontánea de todo el coro acercándose a él a felicitarle. Él fue dándonos las gracias a todos, uno a uno, y eso que aún quedaba medio concierto por delante. Me impresionó mucho trabajar con él esos días. Hablé con él cinco minutos y se marchó. No he vuelto a verle en mi vida. Era una persona exquisita, muy elegante en todo. Creo que por aquel entonces era catedrático de dirección coral de la Universidad de Kansas, no sé si lo seguirá siendo, pero sé que amaba lo que hacía y eso me marcó mucho. A día de hoy no podría decirte cómo dirigía, no recuerdo su gestualidad, pero recuerdo el poder que tenía para cambiar las cosas. Es la idea de tener delante a una persona que no dirigía, que era sencillamente un mago y sacaba conejos de chisteras. Eso para mi era y es dirigir: manejar las emociones de la gente para conseguir un resultado.

© 2018 | Simon Carrington

– ¿Y no te ha picado nunca la curiosidad de querer localizarlo?

– No, quedará para siempre como un sueño en mi vida. Una experiencia única que ya viví y de la que aprendí mucho. Luego ya más tarde, en la Universidad de Viena, también tuve la oportunidad de conocer y ver trabajar a grandísimos directores de orquesta como Mariss Janson, Seijii Ozawa, escuchar sus consejos. Pero nada como aquella experiencia con Carrington.

 – ¿Cómo defines tu forma de trabajar? ¿Hay alguna idea o pensamiento que esté presente siempre en tu trabajo?

– Mi forma de trabajar consiste en crear un marco donde la persona que está frente a mi se sienta cómoda. Es cierto que hay fricciones a veces, ya trabajando a un nivel profesional, pero tienes que saber controlar eso, porque a las malas nunca vas a conseguir nada. Ese marco tiene que ser atractivo. Siempre digo una frase, “la música es más inteligente que nosotros”. No hay que inventarse cosas: todo está ya escrito. Mi profesor en Viena nos decía, por ejemplo: “Esta semana vamos a trabajar la Sinfonía nº 40 de Mozart”, y subíamos al podio y era como si dijéramos: “Ahora es cuando vais a saber lo que es bueno, porque ahora voy a dirigir yo”. Alguno se crecía un poco y el profesor siempre se acercaba y le decía: “¿Cuántas veces has dirigido la Sinfonía nº 40 de Mozart?” “Pues ahora”, y entonces él señalaba a algún atril del final de la orquesta y le preguntaba cuántas veces la había tocado y él siempre decía: “¡Bah, ni se sabe!”. Y es que a veces somos tan inocentemente necios… Nunca trates a las personas que tienes enfrente como si no supieran nada. Ese marco que creas tiene que ser cómodo para el músico, para el cantante: habla de música, que es a lo que vamos. Yo creo que de eso depende ser un buen director: buscar las herramientas con las que el grupo vaya a conseguir un buen resultado, no hay más misterio. Ahora, también es verdad que siempre tienes que tener un plan premeditado para que todo salga. Es un poco patoso prever errores: puedes ver que algo puede ir mal pero a veces donde esperabas un error resulta que no se produce, pero si ya vas diciendo “cuidado, que esto siempre sale mal”, pues entonces saldrá mal seguro.

También hay que saber dar las gracias, saber decir cuando las cosas van bien, porque siempre nos ganamos la fama de gruñones, pero también hay que saber decir “¡Bravo, chicos, enhorabuena!”. Después de esto, sólo queda hacer la carrera de Psicología…

Un director ha de ser un poco psicólogo también.

Bueno, tienes que tener mucha mano izquierda, sobre todo en el mundo coral. He trabajado mucho con orquesta pero hay un poco más de frialdad en la conexión, y esto no lo digo de modo peyorativo. Hay algo que se interpone en la relación personal, que es el instrumento, pero en el caso del cantante, el instrumento es él. Siempre lo digo: si al violinista le duele la cabeza, se va a sentir mal y le afecta, claro, pero en el coro se nota mucho más cuando uno ha tenido un mal día. Es fácil caer en la tentación, y me incluyo, de insistir en algo si no sale bien; pues quizás hay que dejarlo y ya saldrá mañana: ese cantante hoy a lo mejor ha tenido un mal día. Esto es algo que voy incorporando a mi vida: perder miedos, no querer que todo salga siempre. Hay que confiar mucho en la gente, sobre todo cuando trabajas con profesionales: si la cosa va medianamente bien, irá bien, no busques siempre el resultado 10 a la primera.

A veces, cuando alguien me pregunta qué tiene la música de especial para mi, dan ganas de decir: la música es como un pozo de agua clara: un cristal, transparente donde se ven las almas. Me apasiona el arte. Creo que si no me hubiera dedicado a la música ahora mismo sería restaurador de un museo o algo así, pero creo que de todas las expresiones artísticas del ser humano, pintura, literatura, escultura, etc., emocionalmente la música es la que más arrastra, tiene un grado de conexión neuronal muy veloz, una capacidad para llevarte en un segundo a emociones muy profundas, porque son pulsiones de tu propia emoción.

Hace un par de días estábamos ensayando. Cuando uno ensaya, se remanga, le cae el aceite de las bujías y hay que tocar resortes varios, pero a veces las cosas simplemente marchan, y estábamos llegando al final ya de la Pasión. Justo antes del último número, Bach escribe para los cuatro solistas acompañados por el coro II: canta el bajo, responde el coro II, canta la alto, responde el coro II, etc… y lo que el coro va diciendo siempre es “Mein Jesu, mein Jesu, gute Nacht” (“Jesús, mi Jesús, buenas noches”). Es como si el coro estuviera velando ya el cuerpo. Acaban ese diálogo entre los solistas y comienza el último número – aquí, canta él, entrecerrando los ojos, mientras yo noto, una vez más, cómo la emoción se apodera de mi durante esta conversación–. En ese momento noté como si alguien estuviera estirando de mi alma, como si toda mi vida me pasara por delante en unos segundos. Se te hace un nudo en la garganta, pero tienes que hacer el esfuerzo de dirigir todavía, mientras nota que el coro sigue tirando de ti. Terminó el ensayo y dije, como siempre: “bueno, gracias a todos, nos vemos mañana”. Y noté incomodidad en algunas personas: era como si después de aquella música tan impresionante, a todo nos costase bajar de aquel momento de magia y volver a la realidad. Ahí es cuando notas que estás frente a artistas. Un cantante se acercó a mi y me dijo: “a mi también me cuesta”. Y era verdad, cuesta a veces mantener la emoción. Muchas veces dirigiendo es muy difícil escapar a esa seducción tan fuerte que tiene la música, eso que parezca que te dice: “ven, coge mi mano, te llevo: ahora vas a sufrir, ahora vas a disfrutar…” y cada uno lo tamiza a través de sus emociones, sus vivencias personales.

Llegar a ese número final de la Pasión es como despojarte de todo y decir “ya está, es el final de un viaje”, pero me llamó la atención que se me notara. Ese cantante me quería decir eso: “se te están saltando las lágrimas, pero no pasa nada, a mi también me pasa”. Y no importa cuántas veces lo dirijas, cada vez que llega, te derrumbas. Y se ve que me estoy haciendo mayor, porque cada ve me pasa con mayor intensidad.

Miguel Ángel García Cañamero (c) Cantate Mundi

– Cómo entiendes una buena técnica vocal?

– Muy fácil: con naturalidad. Hay algo que me gustaría que calara en los coros amateur: una cosa es el mundo lírico, de la ópera, que tiene una técnica especial para ese tipo de canto, porque corresponde a un momento puntual de la historia de la música. Pero la voz hablada y la cantada son la misma: la cantada es más rica en armónicos y proyección, pero la técnica es de lo más sencillo: todo parte de una postura relajada del cuerpo y de una relajación natural de todos los elementos que forman parte de la emisión de la voz. ¿Cómo es la técnica de un corredor? ¿Corre de una forma diferente de cuando va andando por la calle? No, lo hace igual, pero más rápido: los brazos los mueve a la inversa que las piernas, pone primero una pierna y luego otra delante; pues lo mismo que haces tú cuando hablas, sólo que reconduces la voz por otros sitios. Estoy muy acostumbrado a que me pregunten: “¿Cómo respiro?”. Es sencillo: como cuando no lo piensas. Una buena técnica es la que se basa en una respiración natural con el diafragma, eso también lo aprendí con Carrington. Para conseguir un color coral, de cuerda, donde no tiene que haber individualidades, ninguno tiene que destacar, se nota mucho cuando la forma de cantar es natural.

– ¿Cuáles son tus proyectos a corto y medio plazo? ¿Y tus sueños, tus ilusiones?

– Pues como te decía antes, creo que me estoy haciendo mayor, y eso me gusta. Cuando hablo de proyectos, y eso me pasa desde hace unos años, me he dado cuenta que mi mayor proyecto, mi ilusión, es sencillamente tratar de ser feliz, y hacerlo con la música es algo que me encanta, pero no me planteo nada ni a corto ni a medio plazo. Con los proyectos que me brinda el CNE en este momento voy más que servido y estoy muy satisfecho. Formar parte de la OCNE y del Auditorio Nacional es algo trepidante: siempre tienes proyectos y siempre estás planeando los siguientes.

Otros proyectos más personales, el Laberinto, tareas de investigación o lo que estoy haciendo ahora mismo con vosotros, por ejemplo, son momentos de remanso. Ahí estoy abierto a plantearme ciertas cosas, pero hoy en día lo que más me atrae es buscar una cierta estabilidad personal, no vivir en una especie de ritmo de trabajo continuo. No quiero estar pensando siempre en lo que va a pasar el día de mañana, sino tratar de encajar en un ritmo de vida más tranquilo, buscar lo que todos queremos, al fin y al cabo, que es ser felices.

– ¿Echarás raíces en España o seguirás recorriendo mundo?

– Cuando ves tu vida muy de cerca, cuando estás permanentemente encima de ella, no tienes visión genérica de la realidad y parece que tienes que estar en tensión constante, asustado por todo, haciendo planes por si algo deja de funcionar y se avecinan cambios. Pero si echo un poco la vista hacia atrás, al menos en mi caso, soy consciente de que ya pasé una larga temporada fuera de mi casa, de mi país. Ahora estoy cómodo aquí, valoro mucho estar cerca de los míos, estoy bien como estoy. Si llega un día en el que no estoy a gusto, o simplemente acaba mi tiempo aquí, entonces tendré que marchar, pero de momento estoy contento.

– ¿Qué supone en tu vida Barajas de Melo?

– Muy sencillo –dice, mientras se le dibuja una sonrisa, la sonrisa de lo querido, de lo entrañable– es una madriguera. Una madriguera que me encanta. Es el pueblecito de mis padres, un pueblecito de La Alcarria que no es ni lo mejor ni lo peor, ni lo más bello ni lo más feo, pero es el pueblo de mis padres, el sitio donde pasé todos los veranos de mi infancia, y eso marca mucho. Es curioso, pero al final la tierra tira. Voy siempre que puedo, y ahí me aíslo de todo. A apenas 80 kilómetros de Madrid, no hay wifi en casa, no hay internet, no hay nada, y entonces lo único que puedes hacer es abrir la ventana y respirar, mirar el cielo y ya está. Mis padres cada vez pasan más tiempo allí, y eso me supone también la comodidad de poder verles más que cuando pasan los inviernos en Valencia. Es como mi “batcueva”, el sitio donde Miguel Angel se quita el traje de músico y dice “voy a leer un libro, a dar un paseo por el campo, a escuchar cómo cantan los pájaros”. Desgraciadamente no puedo ir todo lo que me gustaría, pero dentro de mis planes está que algún día esto forme parte de mi vida. Es como un pequeño premio que puedo tener de vez en cuando, pero me gustaría que esa manera de “desconectar”, formara parte de mi vida cotidiana.

Panorámica de Barajas de Melo

– Y como siempre, lo último es lo más concreto: nuestro curso en Cantate Mundi. Háblame de la experiencia. Lo que esperabas encontrar, lo que has encontrado, cómo lo estás viviendo o lo has vivido, qué te llevas, si hemos sido capaces de darte algo que merezca la pena, porque nosotros nos llevamos mucho de ti, te lo garantizo.

– No me esperaba nada a priori, entre otras cosa porque ya he tenido estas experiencias antes y siempre son satisfactorias. Esperaba justamente lo que he encontrado: un grupo de gente con una ilusión tremenda, con unas ganas bestiales que son contagiosas, un lujo de sensación. Cantate lo he vivido como un encuentro con amigos, es verdad que he visto caras nuevas que no conocía o que conocía por otros proyectos, pero ha sido un reencuentro con aquel grupo de gente encantadora que forma ya parte de mi vida.

Me llevo el cariño, que es mutuo, el trabajo, que ha sido muy bueno, porque como ya os he dicho, en estos proyectos lo que hay que valorar es el esfuerzo, la ilusión, los argumentos o herramientas que uno se lleva a su casa para poder seguir aplicándolos a su vida coral, porque la finalidad artística de hacer un concierto casi es un pretexto para reunirnos. Es una sensación muy agradable volver a formar parte de un proyecto así, ojalá pueda volver a hacerlo.

– ¿Te gustaría haber abordado en este proyecto algún aspecto que no hemos tocado, haber ampliado más o haber tenido más tiempo para trabajar algún aspecto concreto?

– Siempre hay cosas que se quedan en el tintero, pero aun así, creo que hemos hecho un buen trabajo, muy completo además, con este proyecto en Cantate. Para empezar hemos tenido como “vehículo” una gran obra como es la Misa en Re Mayor de Dvorak, que nos ha servido para trabajar aspectos musicales, de interpretación, de técnica vocal… Precisamente he querido entretenerme especialmente en el tema vocalizaciones siempre antes de comenzar cada encuentro, porque pienso que cuando uno forma parte de este tipo de proyectos, viene muy bien “asentar”, volver repasar juntos ciertos aspectos básicos: meditar sobre la respiración, sobre la emisión, qué hago para que esta o aquella vocal no me suene abierta, qué hago para que el agudo no me suene apretado,…en definitiva: facilitarles consejos, trucos que sean herramientas que después cada coralista se lleve consigo para aplicarlos en su vida coral…

– ¿Algún consejo para los participantes en el proyecto y también para los seguidores de Cantate Mundi?

– ¡Que disfruten de la música! Que la vivan con ilusión, con emoción… Que se sientan afortunados de ser “intérpretes” de ese proceso casi mágico que es revivir una obra músical, re-crearla, volver a darle vida cada vez que se interpreta de nuevo. Es algo muy especial. Y que tengan siempre espíritu crítico.

– Es el momento de que añadas cualquier cosa que te apetezca y que quizás no haya surgido a lo largo de esta conversación.

– Simplemente quisiera acabar dando las gracias a tod@s los que han formado parte como coralistas en este proyecto, y también a tod@s los que lo han hecho posible. He descubierto en Cantate un grupo de gente encantadora a la que le mueve el sano y bello impulso de cantar…de cantar juntos para hacer algo tan hermoso y sincero como es la música… ¡Ojalá esto no cambie! Por mi parte ha sido un placer y espero que nos veamos pronto en otra ocasión.

Miguel Ángel García Cañamero (c) Cantate Mundi

Tras el atril

Tras el atril, en esta ocasión, no hay “tomas falsas”. Detrás del atril me encuentro solamente yo, asomada desde allí, observando, disfrutando de cada segundo de la conversación, todavía un poco sobrecogida por algunos momentos verdaderamente emotivos vividos en ella y que me llevaron a las lágrimas sin poder contenerme. Detrás del atril, ahí se quedarán, dejo las palabras que, a modo de introducción a la entrevista, había escrito unos días antes. Mi idea eran unas breves líneas, pero se me dispararon los recuerdos y las palabras y comencé a escribir algo que de pronto me pareció intrascendente para otras personas pero especial para mi, para mi relación con Miguel Ángel, un recorrido por estos últimos años desde que en 2011 apareció en uno de nuestros ensayos. Si escribir sobre emociones no me cuesta demasiado, he de decir que leerlas fue bastante más complicado, pero no quise renunciar a ello, así que procedí a leerle esa pequeña historia de lo que Miguel Angel ha supuesto en mi vida musical, de lo que este curso está suponiendo en mi vida musical y también personal. Terminaba diciéndole que este curso lo iba a recordar durante mucho tiempo. “Recordar” en su auténtico sentido etimológico: re-cordare, volver a traer al corazón. Por muchas veces.

– ¡Qué bonito! Me has alegrado el día–, me dijo.

Si tú supieras, querido amigo, cómo quedó mi día y la de reflexiones que me llevé a casa tras nuestra conversación… Espero que algunas de ellas os acompañen, a vosotros lectores, como a mí lo hicieron y lo siguen haciendo.

Madrid, 25 de enero de 2018.

Elena González Correcher

 


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