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El círculo de la vida por Elena González

Publicado por el 09 August 2016 Sin Comentarios

Voces Graves - PMS

Cuatro años han pasado desde el encuentro compartido entre el Coro de Voces Graves y Philippine Madrigal Singers, ese concierto que dejó huella en mi y que se celebró en el Colegio de Médicos. Entonces lo disfruté mucho, y por ello sabía que la cita el viernes 29 de julio era obligada, nuevo encuentro, nuevo concierto, nuevas emociones.

Ellos, esas voces especiales y muy queridas del Coro de Voces Graves, esos corazones cálidos y generosos son ya un motivo excelente para aguantar calor y otras “penalidades” afines. Ellos llegan, te llegan. Y movilizan siempre un enorme grupo de seguidores que los disfrutamos y que vivimos con ellos su fantástica manera de hacer y sentir la música, su manera de dejarte “tocado” en cada concierto. Ellos son siempre así. Hay que quererlos, siempre lo digo. Y yo los quiero porque no hay otro remedio, porque es algo que te sale de manera natural la primera vez que los ves y que va creciendo en cada encuentro. A mi, y mucho antes de empezar siquiera, me tenían ganada ya, que mi imparcialidad la dejé en casa ese día.

La imparcialidad puede, pero la emoción se vino conmigo y se me instaló cerca, muy cerquita, mientras les escuchaba cantar las tres obras de Josu Elberdin (¡ay, Josu!) que incluyeron en el programa: Izar Ederrak, Cantate Domino y Saludaré. Cada una de ellas se asocia en mi mente al primer día en que se la escuché cantar, cada cual en unas circunstancias tan únicas y diferentes… O el Kyrie de Janczak. O el Ave María de Biebl, esa obra que asocio a ellos como si sólo fuera suya, como si nadie más en el mundo la hubiera interpretado nunca. Y la ternura de la nana de Billy Joel, Good night my angel, en su versión. Hasta ahí, y con eso, el concierto ya habría merecido la pena. Son siempre grandes. Con ese regalo, yo habría vuelto a casa ya con la bandeja de mi balanza bien llena, bien compensada.

Pero si hubiera vuelto a casa, me habría perdido algo realmente ÚNICO. Lo prometido, la segunda parte del concierto. Parece mentira lo que unas sillas vacías, colocadas formando un semicírculo pueden provocar en alguien, ¿verdad? ¡Qué expectación se sentía desde unos días antes en el mundo coral madrileño ante este concierto! Espero que no suene irreverente, porque no es mi intención, pero mientras se oficiaba la eucaristía que precedió al concierto, se escuchaban de lejos y como fondo muy leve, las voces de los Madrigal Singers vocalizando en su sala… y eso era como sentir que estabas en el cielo, escuchando a los ángeles. Seguro que allí tiene que haber un sonido muy parecido al que yo escuchaba.

Sillas Philippine Madrigal Singers

La iglesia se llenó como nunca había visto una iglesia llenarse, tanto que tuve miedo de que el concierto no pudiera empezar mientras hubiera personas sin sentarse, y es que aunque la Basílica de la Milagrosa es muy grande, no había, ni con mucho sitio para todos. Personas de pie, las naves laterales hasta arriba, la central ni digamos, el coro rebosando y muchas, muchas personas sentadas en el suelo en los pasillos o personas que llevaron de casa su silla particular, su silla de la playa. Un viernes 29 de julio, a las 21.30 de la noche y con casi 40º de temperatura en la calle. No es fácil conseguir esto: eso sólo lo hacen los que son grandes, los que hacen cosas grandes. Y había mucha grandeza aquella noche allí.

Los miembros de Philippine Madrigal Singers ocuparon sus sillas, sonrientes, creo que felices ante la audiencia y la expectación, y a continuación salió su director, a ocupar su sitio habitual en uno de los extremos del semicírculo, a dirigir al grupo con su particular estilo, con su aparente falta de gestos, que no es tal, ni con mucho, aunque eso no se aprecia si no estás cerca.

Nunca, nunca, en todos los días de mi vida, he escuchado un sonido semejante: limpio, puro, simplemente PERFECTO. Un sonido tan bien construido, tan trabajado, tan rotundo y tan bello que no hay palabras para poder describirlo. Si cerrabas los ojos, te envolvía la magia del sonido. Y si no los cerrabas, costaba creer que lo que veías allí era humano. Puede parecer que exagero, y seguramente quien no haya estado en ese concierto y lea estas palabras, así lo creerá. Pero si preguntamos a quien allí estuvo, quizás se acerque a lo que yo sentí.

Ser “el mejor coro del mundo” es algo absolutamente subjetivo. ¿Cómo poder medirlo? ¿Con qué baremos y qué reglas? Difícil valoración. Pero desde luego cuando se está ante los Philippine Madrigal Singers uno tiene la certeza de estar ante uno de los mejores coros del mundo. Luego cada cual es ya muy libre de cambiar el artículo indeterminado por el determinado. Yo, particularmente, lo cambio sin pensarlo.

En el concierto de hace cuatro años pude sentarme en un sitio privilegiado, en el que apreciaba desde muy cerca todos y cada uno de los gestos que se instalaban en la cara, en los ojos, en las cejas, en la boca de Mark Anthony Carpio para dirigir a sus cantores. Pero si privilegiado fue mi sitio entonces, no tengo palabras para describir mi ubicación en el concierto del último día.

Me hacía gracia verles, tan pegados unos a los otros, casi invadiendo uno el espacio vital del compañero, cuando nosotros, en nuestros coros, nos peleamos por el sitio y por tener una separación máxima con respecto a nuestros compañeros. Ellos no. Salen de dos en dos al escenario: ellos tomando la mano a ellas, dirigiéndolas y acompañándolas como a princesas, princesas de intenso pelo negro, ojos de miradas brillantes y grandes pendientes, su único aderezo además de las flores de sus vestidos negros, manos cruzadas en el regazo durante toda su actuación. Ellos, manos sobre los muslos y mirando todos al frente, a su público, mientras su director hacía leves movimientos corporales, sentado en el extremo, y grandes movimientos de boca, cejas, abriendo mucho los ojos, soltando aire en algunos momentos, respirando a su ritmo, llenando de aire su diafragma, guiándoles sin que ellos aparentemente puedan verle, aunque es evidente que le intuyen, que le presienten y le adivinan porque responden a sus movimientos.

Para poder hacer fotos, estuve pegada a una columna, muy cerca de ellos, prácticamente en la continuación de la línea de su semicírculo, sentada algunas veces en el suelo y casi evitando disparar la cámara por miedo de sobresaltarles, de tan cerca como los tenía. Alguna vez hasta pensé que Mark me iba a terminar echando de allí, pero su sonrisa de cuando en cuando me decía que no le molestaba. Me sentí dentro de su semicírculo, y eso es algo muy grande, esa es una de las más maravillosas experiencias de mi vida. Hoy he leído una frase de su fundadora, la profesora Andrea Veneración, una frase que explica muchas cosas: “You, the audience, are the other half of our circle” (“Vosotros, el público, sois la otra mitad de nuestro círculo”). Me ha parecido muy bonito y muy gráfico.

Ha sido un privilegio para mi sentirme dentro de ese semicírculo, unida a ellos, casi metida dentro de ellos, envuelta por su sonido, por su magia, por la perfección y la belleza de su sonido, ha sido algo muy difícil de explicar pero muy intenso de sentir. Hubo mucha magia, un poco más en cada obra, pero también hubo risas y sonrisas en el público, en un programa que recogió muestras de distintos repertorios y estilos, a cual más intenso, a cual más interesante, a cual más especial. Pierdo la cuenta y ya no sé si su versión de The circle of life, la obra que es parte de la banda sonora de El Rey León, fue la última o no, pero sé que ese recuerdo hoy, ese título, me viene que ni pintado para estas palabras, para esta reflexión particular mía.

Un coro único que forma un semicírculo único para cantar. Un semicírculo en uno de cuyos vértices dispone la fortuna que me encuentre y que me hace sentir privilegiada. Un semicírculo en el que, en el extremo opuesto, estaba Juan Pablo de Juan, artífice de todo, con su coro, con el trabajo y el desvelo de todos ellos, para conseguir que este concierto único pudiera llevarse a cabo. Y luego las palabras de la maestra Andrea Veneración, en el sentido de cómo el público completa el semicírculo, el círculo de la vida, el círculo de la música, el círculo que nos envuelve.

Como circular y envolvente fue la ovación, intensísima e infinita, con la que el público, completa y absolutamente entregado, todos puestos en pie, agradeció y valoró lo que allí había tenido lugar. ¿Y cómo puede terminarse un concierto así? Pues de la mejor manera posible: compartiendo obra común ambos coros juntos, e invitando Juan Pablo a que quienes quisiéramos nos uniéramos a ese canto común: A tu lado, de Javi Busto, no podía ser otra obra que aquélla que les dio a los filipinos el triunfo en 2004, el año de su participación en el Certamen de Habaneras de Torrevieja, el mismo A tu lado que hace apenas unos días volvieron a cantar en las Eras de la Sal, cuando el Patronato de Habaneras les invitó a la ceremonia inaugural de la edición de este año.

Ni que decir tiene que canté, aunque poco, que la emoción no me dejaba, pero es que cantar allí, con el Coro de Voces Graves y The Philippine Madrigal Singers, bajo la dirección de Mark Anthony Carpio, una obra como A tu lado, que me es tan especial y querida, es mucha emoción para ser capaz de contenerla. Me habría gustado mucho que lo hubieras visto por un agujerito, Javi, te habría encantado…

Pero la noche no acabó, que el hombre no sólo se alimenta de música y emociones, aunque en una noche como aquélla, el mayor “alimento” para el organismo era una cerveza fría, que el calor hacía estragos… Ver el asombro de los filipinos mientras los miembros de Voces Graves hacían su especial y particularísimo brindis, observar sus risas, sus ojos abiertos, su intento de imitar los movimientos de aquéllos, sin entender una sola palabra, claro, pero dentro de la broma, dentro del ambiente que esta gente tan cariñosa y acogedora sabe poner en todos sus encuentros… otro de los momentos irrepetibles del día, único.

Una de las cantoras de los Madrigal Singers, ipad en mano, y que no dejó de grabar la “ceremonia del brindis” en el que Manolo ejercía de maestro de ceremonias, me dijo al terminar que era una “muy larga tradición para antes de beber…”. Le expliqué que era larga, sí, pero que no tan tradicional, salvo en las reuniones de estos hombres divertidos, entrañables y tan especiales. Nos reímos mucho. Fue un momento muy gracioso.

Al final, lo que queda, al día siguiente, dos días después, cuando has reposado emociones, cuando has vaciado la memoria de tu cámara de las fotos de la noche, cuando has llenado tu propia memoria interna de imágenes y momentos, de sonidos y magia, lo que te queda es la sensación de haber vivido una experiencia única y, por encima de todo, la gratitud hacia quien ha hecho posible algo así.

Porque organizar un concierto de este tipo es evidente que no es fácil, en ningún aspecto, seamos realistas, y que por mucho que hayamos contribuido con nuestras pequeñas y humildes aportaciones en esas cajas que pasaron por allí, seguro que nos hemos quedado cortos. Pero ellos, el Coro de Voces Graves de Madrid puso en la balanza todo, a un lado y a otro, en una balanza que se desbordó, seguro, pero ellos no tuvieron dudas y acometieron el proyecto de traer a los Philippine Madrigal Singers para regalarnos a los madrileños un día inolvidable. Lo menos que podemos hacer es devolverles, en forma de gratitud, en forma de apoyo, en forma de cariño, lo que nos han dado. Hasta que el otro plato de la balanza se desborde, hasta que el círculo se cierre.

Gracias. Siempre.

Elena González Correcher


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