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Mahler en la nieve, por Alfredo García

Publicado por el 02 August 2010 Sin Comentarios

Mahler en la nieve

La primera nevada que cayó sobre Viena en el año 2003 lo hizo por sorpresa a las 2 de la madrugada en un día que no había sido especialmente frío. Yo andaba a esas horas, como otras noches, deambulando por los pasillos de mi casa, buscando mis zapatillas, escuchando la radio que me llegaba a través del servicio de Telekabel y dedicándome a tirar el tiempo en no hacer nada.

El horizonte que se dejaba ver desde mi terraza era una extensión brumosa y pétrea que me dedicaba a vigilar en los momentos en que salía tomarme un cortado y ponía mis ideas a caer por la barandilla, siempre sujetándolas con hilo para que no se estampasen contra el suelo si el día tocaba espeso.

A esa hora cerrada de la noche comenzó una silenciosa nevada que cambió en unos minutos la ciudad. Me vestí rápidamente y me lancé a un paseo en lo que parecía un lugar abandonado, sin coches, personas, ciclistas, tan solo una ausencia solida que me dejaba como autor único del mapa que realizaban mis pisadas sobre aquel lienzo fantástico.

Los encuentros en la vida tienen mucho que ver con las tormentas silenciosas, en su comienzo es fácil distinguir las primeras pisadas, trazar el itinerario de las miradas, desplegar un mapa de conversaciones y visitas que nos permite ser  cristalinos historiadores de esos fragmentos del tiempo. Es después cuando los acontecimientos se van superponiendo, como en un cesto de ropa con calcetines que nunca terminan de emparejarse, por mas que se persigan. Y esta es la manera en que han transcurrido mis encuentros con Mahler.

Sé que hay una tarde, sentada muy atrás en el tiempo, en la que siendo estudiante primerizo, abrí una de sus partituras intentando seguir la música que sonaba en un disco y perdiéndome como en una carta celeste de otro universo, con notas que se me escapaban, timbales que no aparecían, cambios de tempo tan evanescentes que me hacían ir de un lado a otro como si me hubiesen escondido el teléfono móvil debajo del sofá.

Pero hubo muchos más encuentros, a los que en su momento no di demasiada importancia. Lo vi de lejos en la película “Muerte en Venecia” apoyando mis piernas sobre el asiento delantero del cine y mientras Mahler se deshacía subido en el adagio de su 5ª sinfonía, me lo encontré en el metro cuando con uno de esos aparatos que se ponen en las orejas, escuchaba su música mezclada con el rugido de los vagones y la prisa anónima de la gente, y sobre todo, lo vi resplandecer en el rostro de una de las profesoras de la Hochschule de Viena la noche en que nos invitó a cenar y nos recibió en su casa con el televisor encendido mientras Thomas Hampson cantaba los “Lieder eines fahrenden Gesellen”.  El rostro de esta mujer hubiera sido un buen modelo para los pintores que buscaban el gozo religioso que la aparición de los arcángeles dejaban caer sobre los anunciados.

Hubo más ocasiones en que nos cruzamos, la última fue escuchando la voz de una locutora que en la radio leía las cartas de Alma Mahler, mientras yo conducía de noche. Su voz cercana, como de hoguera, iba desmenuzando las pequeñas miserias cotidianas que vivía una pareja, que era como cualquier otra, en su búsqueda de algo que se pareciese a un jardín botánico. La última de las cartas habla de su muerte y aunque cuenta que su última palabra fue para nombrar a Mozart, yo le imagino llamando a su madre, o sumergido en una niebla sin palabras, o murmurando por un amigo, un juguete o una novia.

La última vez que nos vimos fue cuando canté  sus “Lieder eines fahrenden Gesellen” y rondaba el salón de mi casa cuando los estudiaba, sin cansarse de no decir nada, a ver si yo terminaba de decirlo todo.

Ocupar el lugar en donde  se ha de comenzar a cantar, presenciar como los aplausos de bienvenida se apagan como una vela, contemplar  los brazos del director alzándose en una nube y el vuelo que levantan los músicos antes de arrojarse a la tormenta,  sabe a lo mismo que una intensa nevada en la ciudad de Viena en una noche del año 2003. El resto son pisadas.

“Lieder eines fahrenden Gesellen” de G. Mahler . 1 de junio de 2010. Auditorio de Zaragoza.

I – “Wenn mein Schatz Hochzeit macht”                               II -“Ging heut Morgen übers Feld”
(“Cuando mi amada tenga su día de bodas”)                             (“Fui esta mañana al campo”)

III – “Ich hab’ein glühend Messer”            IV – “Die zwei blauen Augen von meinem Schatz”
(“Tengo un brillante cuchillo”)                                (“Los dos ojos azules de mi amada”)

Alfredo García, baritono

“Vivir del aire”


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