Quien quiera oír que oiga, por Marcelo Valva

Marcelo Valva comparte con nosotros otra hermosa vivencia de su dilatada experiencia en el mundo de los coros.

Quien quiera oír que oiga

En un momento del film “Mr. Holland’s Opus” -malamente traducida aquí como “Querido Maestro”-, el protagonista (Richard Dreyfuss) descubre que su hijo único es sordo de nacimiento. La cámara capta en ese momento el efecto que esa brutal ironía del destino le juega al comprender que su hijo jamás podrá disfrutar del placer y la emoción que la música provoca, en particular, la secreta sinfonía, cuya composición Mr. Holland va postergando año a año, a tener que dedicarse a la enseñanza para sostener a su familia.

A Carlos D -querido compañero de aventuras musicales juveniles y hoy reconocido músico- le sucedió algo parecido. Su esposa y él reciben un día la noticia que ya sospechaban. Su primera hija es sorda. No vi la expresión de Carlos en ese momento (la vida real puede ser a veces más cruel o menos patética que la ficción) pero se me antoja similar a la que captó aquella cámara.

En el film, cierto día, la esposa del protagonista lleva al niño a un ensayo de la orquesta estudiantil que dirige su padre. El hijo ve al padre en un extremo del salón mover agitada y concentradamente sus brazos. En el otro extremo hay un grupo de niños con instrumentos en sus manos y actitud igualmente concentrada. Si bien entre su padre y esos alumnos hay un muro de silencio, el pequeño percibe que allí algo está sucediendo; cierra sus ojos y comienza a mover los brazos imitando a su padre con una expresión de deleite y paz en su cara.

En la vida real, un tarde, la hija de Carlos D, entró en la sala, donde además de muebles, sillones y objetos de uso comprensible para ella, había un aparato electrónico con botones conectado a dos cajas de madera enteladas en cada una de sendas caras.

Cuando vio a su padre en un sillón, con los ojos entrecerrados y en un estado de ensimismamiento diferentes a los que compartían habitualmente, comprendió que allí tenía lugar una ceremonia que ella no alcanzaba a desentrañar. Sigilosa e instintivamente se dirigió a una de esas extrañas cajas y notó que del lado recubierto por una tela provenía una extraña vibración y que esa vibración era la causa del estado de su padre.

Concurro desde hace muchos años a diferentes encuentros, certámenes o conciertos corales. Más allá de la calidad o cantidad de participantes, el esquema es más o menos el mismo; cada coro interpreta su repertorio en un orden definido previamente. Cuando la mano se abre las voces brotan. A veces, se llega con éxito al final de la obra, a veces calaturas, desafinaciones o desajustes rítmicos se cuelan y desfavorecen el resultado. Pero más allá del éxito musical o artístico hay algo más importante y esencial: El mero hecho de cantar; ese maravilloso proceso físico que hace derramar lo que el alma siente.

En el año 2008 participé, con el Coro de Adultos del Grupo Educativo Marín, en la Coraliada necochense, y lo que pasó en uno de los conciertos nos reservó una sorpresa a la que -confieso- no estábamos preparados.

Luego de la participación de varios coros, subió al escenario una agrupación totalmente diferente ya que este “coro” -paradójicamente- no cantaba.

El Coro de Lengua de Señas Argentinas “Tu alma está en mis manos” de Necochea -de ellos se trataba- es un grupo de estudiantes de primero, segundo y tercer año y egresados del Curso de Lengua de Señas Argentinas de la Asociación de Sordos e Hipoacústicos Integrados, y durante un rato sin medida nos mostraron su forma de hacer entender a los niños discapacitados auditivamente, sino qué es la música, sí lo que ella puede transmitir y despertar.

Lo que vivimos quienes allí estuvimos es difícil de expresar. Así como la música no puede explicarse, sino vivirse, hay situaciones que raramente puedan comunicarse a través de la palabra oral o escrita. Sólo puedo recordar a ese grupo de alumnos y maestros hacernos vivenciar -como si fuésemos sus alumnos- a través de su cuerpo, sus gestos, y -sobre todo- sus miradas, que esas vibraciones transmitían ritmos, armonías, mensajes y sentimientos de alegría, tristeza, optimismo y desesperanza.

Lo que sí puedo recordar y parcialmente transcribir es la reacción de quienes asistimos a ese ritual privado y desconocido; un ceremonial en la que las lágrimas se mezclaban con el asombro, los ruidosos aplausos con el silencio que sobrevenía cuando el gesto y la mirada reemplazaban (o tal vez complementaban) los acordes y los textos. Quienes allí estuvimos quizá repetimos -como en un espejo invertido- el momento en que los hijos de Carlos D y Mr. Hollan descubrieron en su oportunidad; esto es que hay algo mágico e impalpable que despierta sensaciones, comunica afectos, nos aparta de la realidad y nos hace mejores.

Nosotros, comprendimos que ese algo que nos resulta tan habitual y de cuya existencia no dudamos porque tenemos la inconsciente felicidad de convivir con ella puede transmitirse y apreciarse a través de otros sentidos distintos a aquel al cual se halla indisolublemente ligada la música; el oído.

Marcelo Valva