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Reencontrando a José Pedroni, por Marcelo Valva

Publicado por el 15 January 2011 Sin Comentarios

Reencontrando a José Pedroni (1899-1968)

La música cantada transciende la sucesión de notas encadenadas que la forman, las límpidas o intrincadas armonías que la sostienen o la variedad rítmica que le da vigor o lasitud y puede depararnos más sorpresas; una de las cuales es el descubrimiento del texto que está tras de (o delante de, o indisolublemente ligada a) ella.

Claro que no toda letra de una canción posee la misma calidad; tanto puede ser pasible de una canción un anuncio comercial, una sarta de incoherencias con pretensiones literarias, un texto más o menos coherente tachonado de lugares comunes o un poema “stricto sensu”.

Nuestra música popular está llena de todos estos ejemplos. El motivo de esta nota no es analizar la poesía de José Pedroni (tarea que me excede ampliamente) sino compartir con el eventual y desprevenido lector mi relación musical con el poeta santafesino.

Mi primer encuentro con José Pedroni ocurrió aproximadamente en 1974, a través de la canción “Mamá Angustia”, grabada por el Cuarteto Zupay.

“Mamá Angustia, en la puerta,
llora y da de mamar,
llora porque su hombre en la taberna
se está bebiendo el jornal
(fragmento de “Paga”, incluido en “El Pan nuestro”)

Después,  y también gracias a la música, me llegaron los admirables versos de las canciones “Cuando me ves así” y “La cuna de tu hijo”

“Cuando me vez así, con estos ojos
que te miran sin verte,
es que a través de ti miro mi sueño,
sin dejar de quererte”
(de “Cuando me ves así”, en “Gracia Plena”)

“Haz con tus propias manos
la cuna de tu hijo.
Que tu mujer te vea
Cortar el paraíso
(de “Cuna” en “El nivel y su lágrima”)

Aclaro que los tres fragmentos reproducidos forman parte de tres poesías musicalizadas exquisitamente por Damián Sánchez (Arreglador, compositor, director, y –a varios años ya de haberlo conocido por su obra- hoy querido amigo) que fueron grabadas o interpretadas por una pléyade de conjuntos y solistas, entre ellas nuestra gran Mercedes Sosa).

Pero no fue Damián el único seducido por la poesía pedroniana.

También César Isella puso música a otros versos igualmente bellos, creando así “Cajita de música”,

“Amarga es la madera
de palo santo, dura.
Pero es como el amor
Que no muere y perfuma”

(de “Papel de lija” en “Los ríos de la mano”)

o, “Madre Luz”
“Oh luz, bendita seas por todo lo cumplido:
por el pan, por el agua, por la flor, por el nido…
Por la madre que canta, por el niño que llora,
Por lo que sido antes, por lo que soy ahora
(“Madre Luz” en “Gracia Plena”).

Con mi acercamiento a la literatura musical argentina “clásica”, encontré nuevamente a Pedroni en obras de autores académicos como Nicolás J. Lamuraglia, Virtú Maragno, y Emilio Dublanc, a quien precisamente pertenece la obra a coro mixto “Indio”, musicalizada sobre el poema homónimo de Pedroni.

“La culpa de tu muerte es culpa mía.
Indio, dime que soy perdonado
Por el trigo inocente que nacía

(Publicado en “Monsieur Jaquín).

Claro que esta muestra de cómo ha sido recibido Pedroni en la música, es pequeña y de ninguna manera pretende agotar un extenso catálogo que sigue, y seguirá creciendo a medida que Don Pepe siga siendo descubierto.

Lo que sí quisiera compartir aquí es como esa vasta obra me movilizó para bucear más en la vida de JP e, incluso, llegar a musicalizar yo también algunas de sus poesías, atrevimiento éste que considero excusable, no por la calidad de la música que se apropió de esas palabras, sino porque esas nuevas obras sirvieron para que otros se decidieran a profundizar más la obra pedroniana.

Confieso sí, que la tarea de musicalizar a Pedroni no fue fácil, puesto que tanto Damián, como Isella ya habían musicalizado algunos de los poemas más hermosos y cuya estructura métrica encajaban más que apropiadamente en el género canción.

Pero la juventud, el deseo de emular, la necesidad, pudieron más y en vez de conformarme con ponerle música a cinco estrofas, descaradamente opté por escribir una obra integral de nueve partes, para coro y orquesta con los asombrosos versos que componen el “Lunario Santo” (publicado en “Gracia Plena”), obra de juventud que tuve el placer de amar y denostar, rechazar y perdonar, escuchar y dirigir, varias veces desde 1981.

Con parte del “Lunario” terminado, realizamos en 1982 una gira por varias ciudades santafesinas con el Grupo Vocal Antara, entre ellas dos que mucho tuvieron que ver con Pedroni: Gálvez, su ciudad Natal, y Esperanza, la ciudad donde vivió y escribió el grueso (sino toda) de su obra.

Esa gira fue para mí no solamente una excusa para cantar, viajar y sembrar amistades que aún mantengo (como la del queridísimo Héctor Nardi, director en ese entonces el Coro Polifónico de Gálvez) sino un camino iniciático que comenzó, paradójicamente donde JP nació y culminó en la ciudad desde la cual volaron al cielo sus poemas)

En Gálvez conocí la Iglesia que nunca llegó a terminarse porque el pueblo se asentó posteriormente lejos de ella,

“No eres ninguna iglesia,
ni nueva, tu lo sabes.
Eres tan sólo un muro,
Y el más viejo de Gálvez”

(de “Palabras a la Iglesia nueva” en “Poemas y Palabras”)

y supe también de la escuela Fiscal Nº 290, donde el poeta hizo sus primeras letras.

Mi escuela, aquella escuela, no tenía
Ni nombre ni linaje, y ya no existe.
Si digo que la quise, mentiría.
Fue ella quien amó a su niño triste.
(“Mi escuela de Gálvez” en “Otros Poemas”)

Pero fue en Esperanza donde en esa oportunidad (y en otras que vinieron después) me encontré con el Pedroni real.

En la vieja casa familiar, fuimos recibidos por Doña Elena, su esposa,  compañera

“Palabra de mi esperanza,
palabra de mi alegría
……………………………
Palabra llena de gracia
¡Elena! Palabra mía

(de “Dulce palabra” en “Poemas y Palabras”)

y musa inspiradora de tanta belleza derramada en letras.

Porque soy contador,
y de vulgares modos,
y visto simplemente,
y si miro una estrella
o una flor,
la miro como todos,
“Los versos no son de él –dice la gente-:
se los escribe ella.
(de “Piedras” en op. cit.)

En esa casa santafesina, saturada de recuerdos, cantamos la “Cuarta Luna” a capella, con la emoción (nuestra y de ella) embotando la tarde.

En Esperanza, fatigué las calles que él había a su vez fatigado, visité el Club que lo tuvo como presidente, comí en alguna de las mesas donde él habrá almorzado y conocí su tumba: un trozo de piedra blanca, simple como sus versos. Todo ello buscando su presencia, el motivo de su inspiración, y –es dable confesarlo- su permiso para musicalizar sus versos (la respuesta quedará entre nosotros dos).

Pasaron los años, y volví a encontrar a Pedroni cada vez que ese fuego que a muchos nos quema por dentro nos lleva a hilvanar notas, frases, acordes.

Así nacieron las “Pedronianas”, el “Canto a la Patria” y algunas más cuyo principal mérito no estuvo en escribirlas sino en encontrar una excusa para releer la obra completa de Pedroni.

Llego ya al final. Mi vida y la vida de Don José, siempre estuvieron ligada por un lazo invisible. En sus ancestros italianos encontré los míos, que hace ya mucho se instalaron en el Santa Fe pastoril. En su línea pura intenté abrevar para encontrar melodías que también sean puras y simples (aunque la “avant garde” me haya reclutado alguna vez). En su temática cotidiana percibí que cada cosa merece ser cantada y celebrada. En sus “Palabras al hijo por nacer” hallé las máximas para mis hijos que yo nunca hubiese podido escribir (“Hijo mío: no digas abominad, ni digas: Obedeced: no agravies, no niegues, no maldigas: discurre, anima, observa, siempre con la dulzura del agua entre la hierba…). En su acto de bendecir la maternidad, en una época en que de eso no se hablaba, descubrí las palabras adecuadas para expresar el milagro de la maternidad y los mil miedos que azotan al futuro padre.

Y en la cercanía del mar que acunó su muerte, por qué no, también quisiera cerrar el capítulo de mi vida.

Epílogo:

Ojala que estas líneas sirvan para que muchos redescubran su obra y para que los que no la conocen, se atrevan a penetrar en el maravilloso universo de uno de los poetas argentinos más maravillosos, y a la vez, más recurrentemente olvidado.

PD: Me niego a no terminar este suelto con los últimos versos del poema que el gran humanista escribió un año antes de su fallecimiento y con los cuales se cierra su colosal producción:

“Todo es cuestión que los hombres
ganen la paz”

(de “La bicicleta con alas” en “Otros poemas”)

Marcelo Valva

José Pedroni, autobiografía

Voy a decir quién soy: octavo en el orden de once nacimientos, vine al mundo en Gálvez, (Santa Fe) el 21 de setiembre de 1899. Allí hice mis primeras letras; allí permanecí hasta los trece años. En ese tiempo, el mejor de mi vida, se produce mi cuento donde hay algunos nombres – Juan, Ramón, Félix, Julián y Ercilia, mi dulce hermana – ; las ruinas de un iglesia que nunca llegó a techarse, una laguna llena de sanguijuelas chupadoras, un campo con pechirrojos, un tren que pasa y una mariposa que deposita en mi corazón el huevecillo que se resolvería después en verso un poco triste. Mi padre, constructor de cuchara en mano, a quien yo servía como peoncito en mis horas libres, solía encontrarme detrás de un montón de ladrillos tocando la serenata de mi soledad en un violín de dos palitos secos. Otras veces su silbido me sorprendía escribiendo en la arena palabras inventadas, arte este de bajo precio al que finalmente me aficioné. Mi madre se llamaba Felisa, y era callada, propensa al llanto y muy hermosa. Mi padre, Don Gaspar, era menudo, nervioso, dominante y gran trabajador. Firmaba Pedroni Gaspare. A su nombre llegaba a nuestra casa un diario italiano que yo leía para él por las noches. Me decía que sabía hacerlo muy bien; pero no era cierto. Casi siempre mi padre se dormía sobre la mesa grande, tan cansado estaba. Mi madre lo sacudía, y él buscaba el lecho con paso vacilante. Yo aprovechaba para irme a dormir y hacia la noche me despertaba para llorar. Me curaron con una tijera abierta, puesta por Ercilia debajo de mi cama. Contábame ella después que aquella noche temblaba como una hoja. Un día me llevaron a Rosario para que estudiara. A los dieciocho años regresé al campo. Anduve por algunas colonias agrícolas. Con los cosecheros aprendí a cantar. A los veinte años aparece la mujer, una sola en mi vida. Conscripto y casado, llegamos con un hijo a Esperanza . Fui durante treinta y cinco años contador de una fábrica de arados. Jubilado, aquí estoy con sesenta y tantos años, cuatro hijos y nueve nietos. Eso es todo, y demostrativo de lo común de mi vida que no me separa de los demás. Con las palabras de Hugo respondo a la desilusión que pueda producir en algunos: “Insensato lector, ¿crees que yo no soy tú? ”
He publicado doce libros de versos, donde el hombre en quien creo y a quien amo, participa de mi emoción y domina sobre el paisaje. El recuerdo del hombre dirá cuál es el mejor de mis poemas.

José Pedroni


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